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....Cabalgué a lomos del Dragón. Y él volvió hacia mí sus enormes ojos color violeta. Y me sonrió.




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sábado, 29 de junio de 2013

La Oración de Fray Dino



En el invierno pasado, uno de mis viajes de trabajo me llevó hasta Pedrafita do Cebreiro.
Cuando paso por allí, es frecuente que suba hasta la Cruz de Cebreiro, o que pase por la iglesia prerrománica de Santa María la Real de O Cebreiro, donde se expone permanentemente El Milagro.
Éste fue el caso ese dia. Como de costumbre, di una vuelta lentamente y en silencio por la nave del templo, para dejar que la espiritualidad del lugar penetrase en mí.
Cerca de la entrada, hay una puerta lateral que comunica con el baptisterio, el lugar destinado a los bautizos. En las primeras iglesias, no se bautizaba en el templo, sino en sitio aparte. Hay iglesias en italia, aún del renacimiento, donde el baptisterio es un edificio completamente separado.
Entré en el baptisterio, que estaba abierto. Allí, en el centro, hay una gran pila de bautismo por inmersión, de piedra en una sola pieza, que supongo que datará . Un objeto singular.
A un lado, junto a la pared, había un gran cartel con una oración. Estaba escrito en inglés, y lo leí con atención.
Me emocionó profundamente. El texto hablaba de lo que El Camino de Santigo, cualquier otro Camino, o la vida misma, entendida como Camino, puede enseñarnos. De lo que debemos aprender en el Camino. En un Camino. En todo Camino.
Parece que fue escrito por un monje llamado Fray Dino, de una aldea llamada La Faba.
Me sobrecogió el hecho de que, en aquel apartado rincón del mundo, alguien escribiera algo que puede sintonizar tan profundamente con lo que hay dentro de mí, o de cualquiera que pase por allí y lo lea con atención y respeto.
Supongo que sólo puede captarse toda la profundidad, la espiritualidad del texto leyéndolo en un sitio tal como aquél, en aquel monte, en aquella iglesia, frente a aquella pila bautismal.
Supuse que algo tan bello debía estar colgado en Internet. Lo encontré, en castellano.  He aquí el texto:

Aunque hubiera recorrido todos los caminos,
cruzado montañas y valles
desde oriente hasta Occidente,
si no he descubierto la libertad de ser yo mismo
no he llegado a ningún sitio.

Aunque hubiera compartido todos mis bienes
con gentes de otra lengua y cultura,
hecho amistad con peregrinos de mil senderos
o compartido albergue con santos y príncipes,
si no soy capaz de perdonar mañana a mi vecino
no he llegado a ningún sitio

Aunque hubiera cargado mi mochila de principio a fin
y esperado por cada peregrino necesitado de ánimo,
o cedido mi cama a quien llegó después
y regalado mi botellín de agua a cambio de nada,
si de regreso a mi casa y mi trabajo no soy capaz
de crear fraternidad y poner alegría, paz y unidad,
no he llegado a ningún sitio.

Aunque hubiera tenido comida y agua cada día
y disfrutado de techo y ducha todas las noches
o hubiera sido bien atendido de mis heridas,
si no he descubierto en todo ello el amor de Dios,
no he llegado a ningún sitio.

Aunque hubiera visto todos los monumentos
y contemplado las mejores puestas de sol;
Aunque hubiera aprendido un saludo en cada idioma,
o probado el agua limpia de todas las fuentes,
si no he descubierto quién es autor
de tanta belleza gratuita y de tanta paz
no he llegado a ningún sitio.

Si a partir de hoy no sigo caminando en tus caminos,
buscando y viviendo según lo aprendido;
Si a partir de hoy no veo en cada persona,
amigo y enemigo, un compañero de camino;
Si a partir de hoy no reconozco a Dios,
el Dios de Jesús de Nazaret,
como el único Dios de mi vida,
no he llegado a ningún sitio

Fraydino.
La Faba.

sábado, 29 de mayo de 2010

Otro paseo por el Caurel

Similar esquema narrativo que la entrada del martes 4 de Mayo. Ésta contiene elementos narrativos (el perro, el camión) que le dan una emotividad peculiar. Todas las vivencias son reales, plasmadas tal y como las recordé. Las fotos son del Caurel, aunque no fueron tomadas el día de la excursión. El retrato no me lo hizo el perro: Usé un pequeño trípode. =========================================================== 08-07-2003 OTRA EXCURSION POR EL CAUREL. 
 Son las 14:45 y he terminado mi trabajo en el C.R. Piedrafita, relacionado con acciones para el aumento de fiabilidad en la remota SST. 
Salgo del centro y como en la Venta Celta. Me gusta este sitio, aunque sólo tienen un plato único; o lo tomas, o lo dejas. A mí, el plato siempre me ha gustado. El café es de pota, me apunto a uno. 
Comen exclusivamente peregrinos de paso. Me gusta observar a los peregrinos. Se ve gente tan distinta, de tan variada procedencia, pero todos animados por la misma meta. Alguna vez he charlado un rato con alguno. Son, sin excepción, gente abierta, dispuesta a la charla. 
Mi objetivo de hoy es la Devesa de la Escrita, en Paderne. Tardo unos 45 minutos hasta Paderne; creí que estaría más cerca. Es casi 1/2 hora hasta Seoane, y después casi 20 minutos de allí a Paderne. La carretera de Seoane a Paderne pasa por Meiraos, Vilasibil y Miraz. Es muy bonita, y pienso que a la vuelta, si tengo tiempo, me gustaría meterme en alguna de estas aldeas. Me pregunto si alguien ha hecho un estudio acerca de la procedencia de los topónimos del Caurel. Me parecen muy originales. 
A las 5 de la tarde, llego a Paderne. El día es caluroso, llevo en la bolsa un botellín de agua de 1/2 litro, que espero ir rellenando. Dejo el coche en la márgen de la carretera, y bajo a la aldea. 
Ya en las primeras casas, encuentro un perro echado en medio del camino. Es un animal grande, de pelo negro y largo. Se me ocurre que debe tener mucho calor. Me acerco a él con gestos de amistad, y se levanta meneando el rabo. Me sigue por el camino abajo. Vaya, así que parece que voy a tener un compañero de excursión. Bajo por el camino, salgo de la aldea y cruzo el Río Pequeño (así se llama en la hoja cartográfica). El can no se separa de mí, y al llegar al río, no se lo piensa dos veces y se zambulle por completo. Le envidio, pues hace bastante calor; yo me conformo con mojarme el pelo. Luego sale, se sacude y vuelve al camino, tomándome la delantera. Oye -me gustaría decirle-, que sé por donde voy, aunque a ti te parezca que no. 
El camino empieza a subir lentamente. Al fondo, la Devesa de La Escrita. Sólo estuve aquí una vez en mi vida, un día de septiembre hace ya más de diez años. Araceli, Agustín y Paquiño venían conmigo. Me acuerdo que, camino de la Devesa, Paquiño pisó en falso queriendo coger unas avellanas silvestres, y se cayó arribón abajo. Lo que nos reímos del pobre. En aquella ocasión, tan pronto como nos metimos en la Devesa, empezó a llover, y aunque mi idea era atravesar la Devesa por medio y medio (ahora lo pienso: qué burrada, habría sido casi imposible, aunque sólo fuera por lo escarpado del terreno) tuvimos que desistir, dar media vuelta y regresar. 
Hoy no va a llover. Me gustaría encontrar la Cova de Tras la Costa, aunque sé que es bastante difícil. Cuento únicamente con su ubicación en la hoja cartográfica 1:25.000, según coordenadas tomadas de la revista FURADA. Si las coordenadas son correctas, puedo encontrarla; si no, no. A los 15 minutos de marcha, y según la hoja, es hora de apartar a la izquierda. En esto encuentro lo que parece un pequeño sendero, y me meto por él. Le doy una voz al can, que iba por delante de mí, y éste, al punto, da media vuelta y se mete también por el sendero, llevando de nuevo la delantera. Parece muy seguro de por donde va. Estoy asombrado. O mucho me equivoco, o esto parece un sendero de espeleólogos. El can no titubea, y va tan aprisa que a veces me cuesta seguirle; le conmino a que me espere. 
La subida es dura, y tengo que apartar los helechos con el bastón. Recuerdo que en una de éstas, resbalo y casi caigo en unos arbustos. Al apartarlos para levantarme, me encuentro de cara con un ramillete de fresas silvestres, pequeñas como garbanzos, de un rojo intenso. Casi sin saber lo que hago, me como al instante unas cuantas. Simultáneamente pienso si son fresas silvestres de verdad. Sí, no hay duda. Están sabrosísimas. El can se impacienta porque lo siga, y se me ocurre que si me lleva hasta la boca de la cueva, hay que nombrarlo Can Espeleólogo de Honor, federarlo y llevarlo en las salidas. Finalmente, llego (precedido por el animal) hasta un lomo del terreno con una formación que se parece mucho al plegamiento donde se abre la Cova da Arcoia, y creo que por aquí podría estar la cueva. Inspecciono el lugar rápidamente, sin resultado. El perro quiere seguir su camino, pero veo que tira más bien monte abajo, como queriendo llegar de nuevo a Paderne monte a través. 
Doy media vuelta, y el animal, comprendiendo de inmediato, la da también y regresamos al camino, aunque esta vez tuve que pasar de seguir al can, porque se metía por unos vericuetos que eran casi imposible de seguir. Al final, desisto, empuño el bastón y me abro a viva fuerza una vía entre la maleza, regresando al camino. Ahora, él me sigue. De nuevo en el camino, continúo ascendiendo. De nuevo el can me precede. Ahora parece entender que vamos a ir hacia arriba, hasta lo más alto de la Devesa. Hace calor, y me tengo que parar un ratito a la sombra a tomar un trago de agua. Mi amigo también busca la sombra. Da seguridad llevar al perro delante. Se siente uno muy acompañado, y se me ocurre que si me saliese un jabalí o algo así, posiblemente me defendería, aunque espero no tener que llegar a comprobarlo. Es curioso como casi al momento se estableció entre nosotros una relación perro-dueño, que yo pensé que se tardaba más tiempo en establecer. 
Empiezo a padecer calambres en el muslo de la pierna derecha. Qué raro, apenas no he subido ni 200 mts. Los calambres suelen aparecerme en los muslos cuando he hecho un ejercicio desmesurado, pero no es el caso. Tengo que subir lentamente, procurando distender el músculo, por que si lo relajo, al momento se me agarrota con un calambre. Otro inconveniente: las moscas. Llevamos sendas nubes de moscas, que nos acompañan todo el camino. Si agito los brazos con energía, la nube se disipa, pero al poco vuelve a formarse. Son tantas, y zumban de tal manera, que le ponen a uno nervioso. 
Aunque voy ganando altura, el calor no amaina. Pasamos junto a un regato, y el can de nuevo se mete por completo. Yo me mojo la cabeza entera y recargo la botella, que ya iba vacía. Es un alivio para los dos. Ahora el camino se empina fuertemente, y aunque estoy bastante repuesto de la fatiga, y subo con ligereza, los calambres en las piernas no me dejan en paz. El perro, siempre por delante, parece decir: Pues menudo vejestorio. Pero tiene paciencia, y me espera. Escucho gritos en las alturas. Son dos rapaces, que evolucionan en el aire. No sé lo bastante de aves como para interpretar su actividad.

¡Agua, de nuevo, menos mal!. Mi guía se adelanta y se tiende cuan largo es, en la pequeña corriente. La pruebo: está helada; tanto, que la botella de plástico se empaña al instante cuando la lleno. Tengo que beber poco a poco, de lo fría que está. La vacío (1/2 litro) y la vuelvo a llenar, por si acaso. Descansamos (bueno, descanso yo, que él no está cansado) un par de minutos y seguimos la subida, lentamente. 
Por fin, alcanzo las cumbres cimeras de la Devesa. El lugar se llama Penas Blancas, según la hoja. Desde aquí puedo ver a la vez las aldeas de Paderne, Miraz, Vilasivil y Meiraos, y me doy cuenta de la observación que hace Xurxo de Vieiro en su libro "Un ano no Courel": Rodeando a cada aldea, un pequeño cinturón de huerta, y rodeándolo todo, un amplio souto de castaños. Se ve claramente cómo cada aldea tiene su souto. 
Ahora, ya casi en plano, tomo una pista que recorre toda la cabecera de la Devesa. Las cimas de los montes están cosidas a pista. Son pistas anchas, hechas con bulldozer. ¿Para qué demonios harán tantísimas pistas? Se puede ir a cualquier sitio que quieras, por las cumbres cimeras. Me gustaría llegar hasta As Penas da Devesa, a 1414 mts, pero son las siete y pico y los calambres no cejan. Así que me asomo por última vez al inmenso balcón sobre la Devesa que forma su borde superior, y doy media vuelta. El can gimotea un poquito de vez en cuando, como diciendo "¿Pero tú sabes adónde vas o no?". Tengo claro que me hubiese seguido mismo a Quiroga, si llego a ir a pie. La bajada, como suele suceder, es más llevadera, y ya el calor va cediendo. A medida que desciendo, el sol va ocultándose detrás de los riscos, despertando olores y colores dormidos hasta ese momento. Me salgo del camino un momento y me adentro en la Devesa, apenas una veintena de metros. Mi guía, curiosamente, no ha querido entrar, me espera fuera. Me viene de nuevo a la cabeza un comentario de Xurxo de Vieiro, acerca de este sitio: "Se volvesen as meigas, volverían aquí". El lugar sobrecoge por lo salvaje, oscuro, húmedo, silencioso. Es el Caos de la Vida, que luchando consigo misma, genera armonía. Me siento bien aquí, me parece un sitio agradable, tranquilo. Pero es complicado progresar por ella, la vegetación es demasiado intrincada. Mejor regresar al camino. 
Bajando por el camino, veo de repente un bulto informe y grande apartado a la derecha, casi cubierto de maleza. Me acerco a observar lo que es. Resulta ser un camión, fabricado posiblemente, por su aspecto, hacia los años 50. 
Descubro el logotipo del "8" cortado verticalmente. Es un Barreiros. Entonces caigo en la cuenta de que el "8" cortado verticalmente es precisamente el anagrama de las iniciales de Eduardo Barreiros, el que fue artífice de aquella empresa. 
Mi padre trabajó en Barreiros, Madrid, cuando se hacían camiones como éste. Me pregunto si este camión habría pasado por sus manos. 
En el vano del motor crecen las flores, aunque el motor parece completo. Tiene los cuatro neumáticos, pero sin presión, evidentemente. 
Aparto la maleza y me meto en la cabina, al volante. Giro el volante con fuerza, y las ruedas responden levemente. Curioso: los asientos son de madera, pero no los originales; parecen cajones de madera hechos con tablas, y no tienen respaldo. Están sumamente podridos, pero aguantan mi peso. Entre los dos "asientos" se ve la bomba de inyección. Tiene remachado un rótulo metálico, que leo con curiosidad: "ATENCION: RELLENAR CON ACEITE DEL MISMO TIPO QUE EL DEL CÁRTER". Pertinente observación. -pienso-, en un lugar como éste. Todo me parece gracioso y simpático. Agarrado al volante, miro a través del parabrisas inexistente y giro una imaginaria llave en el contacto. "Estos sí que eran buenos coches, y no los de ahora". Me recuerdo una escena de una película de Woody Allen, "El Dormilón" Está él en el futuro, y encuentra en una cueva un Volkswagen escarabajo olvidado hace más de doscientos años. Lo arranca a la primera, y él dice algo así. 
Pero mi camión no arranca. Salgo de la cabina y me voy, dejando que mi pequeño camión siga soñando por muchos años con carreteras de flores, con autopistas de corteza de abedul. 
Ya cerca del Río Pequeño, unos paisanos salen de un prado con un tractor y una carroceta de pasto recién segado. Saludo y alabo las singulares cualidades de mi guía turístico. Se echan a reir, y me dicen que siempre hace igual, que hace caso de todo el mundo, menos de su dueño. Qué le vamos a hacer, cada cual es como es. 
Cuando llego a Paderne, son casi las nueve. Me detengo a tomar algunas fotos de ejemplos de arquitectura popular. De alguna puerta de una casa oculta surge un silbido. El can gira la cabeza, me mira un instante más, y se marcha con presteza. Adiós, fiel animal. Fue un placer compartir contigo esta excursión. 
Sin perder tiempo, pongo en marcha el pequeño Peugeot y conduzco hasta Seoane. Entonces, empiezo a notar los tirones del motor. Me alarmo por un instante, pero el motor mantiene el ralentí en punto muerto; le piso en una pendiente arriba, y el motor responde; una falsa alarma. Más allá de Piedrafita, ya en la autopista, a las 10 y media de la noche, los tirones de motor vuelven, ahora con más intensidad. Estoy preocupado: ¿Y si el motor se para ahora, en medio de la autopista, camino de las 11 de la noche? Empiezo a preguntarme si la póliza incluirá asistencia en viaje, con remolque de vehículo y transporte de conductor. El motor tiene toda la pinta de ir a pararse e un momento a otro, de manera definitiva. Tironea contínuamente. Ni de coña llega a Santiago. Dios mío, ¿Qué voy a hacer? Es de noche, y aunque tengo algo de herramienta, esto parece de la inyección, no es ninguna chorrada. El móvil tiene llamadas restringidas, sólo puedo llamar al Centro Nodal a estas horas; tendrían que ponerme con el número de asistencia en carretera. Si es que esta póliza tiene .¿Cómo voy a explicar mañana, cuando se sepa todo, mi presencia en este sitio a las 11 de la noche, si se supone que terminé el trabajo pronto? Me da miedo pisar el acelerador, por si se rompe del todo. Creo que esto se está parando; no mantiene los 110 km/h. en llano. Empiezo a pensar en el protocolo: Arcén, warning, no salir por el lado de la calzada, poner los triángulos, etc. 
Pasado Lugo, de repente, cambia el sonido del motor. Es un sonido muy fuerte, que recuerda el que hacía el Patrol cuando le pisabas a tope. Miro insistentemente el tablero, pero no se enciende ninguna luz roja. Esto va a explotar. Seguro que el ruido es una biela medio rota, que va a salir por un costado del bloque. Cuando levanto el pie del acelerador, el terrible ruido desaparece, pero -claro- el coche se para, así que tengo que seguir pisando. En fin, vamos allá. Que llege hasta donde pueda, el motorcito. 
Continúo pisando, y esperando que el motor se pare de un momento a otro. Son las 11 y cuarto de la noche. Mi corazón late con fuerza. Sudo bastante. Ya en la carretera a Santiago, de repente, desaparecen los ruidos y los tirones, bruscamente. El motor recupera toda su potencia, por increíble que parezca. ¿Qué está pasando? Las averías no se arreglan solas. Escudriño el oscuro cielo, buscando haces de luz que rasguen la noche. Deben ser "Ellos". Estan aquí... Rezo en silencio, pero sin parar. Sigue así, cochecito, sigue así. Venga que llegamos...Al día siguiente me contaron en la oficina (conté la anécdota, pero omití la hora) que este fenómeno ya lo había hecho con anterioridad, y siempre se le pasa bruscamente y sin dejar rastros, tanto es así, que en una revisión que le hicieron inmediatamente a continuación de un episodio de "tirones y ruidos", no le encontraron nada anormal. De haberlo sabido yo, me habría evitado un mal trago. 

Llegúe a Santiago, con el coche funcionando con normalidad, a las 12 y pico de la noche... No sé si esto es para contarlo, pero desde luego es para escribirlo...

martes, 4 de mayo de 2010

Un paseo por el Caurel

El mismo esquema que en mi entrada anterior. Descripción detallada de situaciones, impresiones, emociones...
Esta es una memoria de una salida al monte. Aquí, las emociones dejan con frecuencia su situación "subliminal" e irrumpen al plano del texto. Todo lo que describo, tanto lo vivido como lo sentido y lo pensado, es real. No puedo escribir a este nivel si no es sobre vivencias reales. =============================================================

12-06-2001
He salido del Centro Nodal a las 14:45 y he ido directamente a casa. No voy a ir por la tarde a la oficina. Como tenía pevisto, al llegar a casa, bajo a Alcampo a comprar lo necesario, lo más aprisa que puedo. Subo a casa y hago una comida ligera, tratando de no desperdiciar ni un minuto. Cuando por fin salgo, son las 16:30. Un poco justo, pero puede hacerse.
Por suerte, hay muy poco tráfico hasta Lalín, y consigo una buena velocidad media. El tiempo es soleado, con alguna nube; la temperatura, muy agradable. No he traido la carátula del autoradio; mejor, así me concentro más en conducir.
Pasado el Alto del Faro, encuentro toda la carretera arreglada, siendo corredor rápido hasta Monforte de Lemos. Sigue habiendo muy poco tráfico, y hago cómodamente 110-130 km/h. Llego a Quiroga a las 18:30. Ahora tengo que hacer uso de la memoria y la intuición, pues voy a tomar carreteras por las que no paso hace muchos años. A la salida del pueblo sigo la carretera y tomo a continuación la desvación hacia Fisteus y Vilarbacú. El paisaje cambia bruscamente y conduzco por un túnel verde de castaños y abedules. La carretera comienza a subir, y el firme empeora. Los soutos de castaños comienzan a escasear. En los kilómetros siguientes la carretera no me suena de nada, y empiezo a dudar si no me habré equivocado. Es estrecha y sinuosa, y no hay quitamiedos. La caida -si la hubiese- sería de más de 500 mts. Conduzco con cuidado, y no me cruzo ni con un sólo coche.
Por fín, 12 kms. más adelante, llego hasta Cruz de Otero, unas pocas casas en un collado. Ahora sí reconozco lo que veo. Recto, hacia Vilarbacú; a la izquierda, hacia Seara y Soldón. sigo sin dudar esta última dirección.
Aminoro la velocidad, a medida que me aproximo a mi punto de destino. En cuanto la carretera empieza a bajar, miro atentamente el paisaje, intentando hacer casar lo que veo con los retazos que -después de 14 años- pudieran quedar en mi memoria. Entonces lo veo: a la vuelta de esa curva, está el castro. He llegado. El cuentakilómetros marca 175 km. desde Santiago. No creo que mucha gente sepa que esto es un castro. Tengo la vista algo entrenada en estas cosas, y lo identifico fácilmente, pero pasaría inadvertido para cualquiera que no sepa dónde mirar. Hace catorce años, con el buscador de metales, encontré aquí, junto con Carlos, un enorme clavo de hierro muy oxidado que él identificó como medieval. No me imagino qué actividad humana pudo hacer llegar a este recóndito lugar, durante lo siglos oscuros, semejante clavo. Cuesta más imaginar, que aún muchos más siglos atrás, una guarnición militar romana controlaba estratégicamente el enclave, a fin de garantizar el funcionamiento de la industria minera imperial, a base de esclavos indígenas como mano de obra. Ahora, sólo el silencio controla y se enseñorea de este lugar.
A menos de 100 mts., una desviación baja de la escarpada carretera hacia el río que corre por el fondo del valle. Un letrero, "El Mazo" (antes no lo había) revela que el enclave fué en otro tiempo ubicación de una herrería. "El Mazo" hace alusión al dispositivo percutor (martillo) movido por energía hidráulica, que era la base de la factoría.
Doy la vuelta con el coche y regreso al castro, único sitio donde puedo dejarlo sin que esté en medio de la carretera. El coche tiene casi 300.000 km en su haber, y no es imposible que sufra una avería, por muy fiable que sea. Esta idea me inquieta un poco; podría ser complicado salir de aquí en tal circustancia. Hace muchos kilómetros que el móvil no tiene cobertura. Apago el motor y pienso: "Gracias, cochecito mío, por haberme traido hasta aquí". Me sorprendo al instante, pues he escuchado mi propia voz formular esta idea. No lo he pensado; lo he dicho.
Calzo las botas, cojo el bastón y la bolsa, salgo del coche y lo cierro. Son las siete y media. Tengo poco tiempo, pero experimento una euforia salvaje. Catorce años deseando regresar a este lugar. En dos saltos, subo a castro y miro al valle. Es el Caurel profundo, el Caurel desconocido, secreto. Pienso que es tan secreto, que hasta sus pocos habitantes deben ignorar que viven en el Caurel; pues geográficamente la sierra del Caurel propiamente dicha comienza más al norte; pero es el mismo paisaje. Las mismas solitarias y silenciosas montañas. los mismos alegres arroyos que saltan entre frondosa vegetación, por el fondo de los mismos recónditos valles.
Todo está como entonces, hace catorce años. De las imágenes que guardo en el fondo de la memoria, no puedo ver que nada haya cambiado. Ojalá que nunca cambie. Permanece en secreto, Caurel, aislado del tiempo. Que nadie, a ser posible, descubra tus encantos. Que nadie se atreva a abrir pistas para 4x4, ni construir campings, ni casas de turismo rural. Permanece así para siempre.
Bajo por la pista hasta El Mazo. me viene a la memoria cuando la otra vez, con el viejo 1200, tuve que cruzarme en esta pista con una carroceta de pasto que subía. La pista era tan estrecha que los vehículos a durísimas penas pudieron cruzarse. "Pero hombre, -me dijo el paisano, -se toca la bocina antes de bajar, y hubiera esperado". Y yo qué se. Tuve que bajarme para indicarle a Carlos -al volante- hasta qué punto podía girar las ruedas sin caerse monte abajo con coche y todo El coche era mío, pero el miedo lo pasó él. Aquello sí que era para haber hecho una foto. Quedó una ventanilla medio abierta, del lado de la carroceta, y estuve sacando pajas del coche varios días.
Ahora la pista es más ancha y está asfaltada. Veo a la izquierda, en la ladera, construcciones en muro de piedra en forma de círculo. Me contaron una vez que estas construcciones, llamadas albarizas y hoy en desuso, servían para proteger los panales de las abejas de la glotonería de los osos. Hace ya unas dos décadas que el oso se extinguió de Caurel, y en cuanto a la miel, veo a continuación unos panales en un prado junto al río, cerca de las casas del El mazo.
Llego a la aldea, donde un hermoso puente cruza el río de Soldón. Hay un sólo coche aparcado en el único sitio donde cabe un coche. Sale una debilísima columna de humo de la chimenea de una casa. La aldea no está abandonada del todo, al menos. Cruzo el puente, y dejo que mis pies me guien. No me acuerdo del camino, pero mi subconsciente sí se acuerda. He debido soñarlo varias veces, aunque ni siquiera soy capaz de recordar los sueños. Lo que recordamos haber soñado es una mínima parte de lo soñado en realidad. No sé por dónde es, pero no dudo.
El camino desciende siguiendo el curso del río Soldón, que baja alegremene y bastante encajonado. Es un camino muy antiguo; este tipo de pavimento, de piedras planas puestas de canto, hace mucho tiempo que no se emplea.
No viene mucha gente por aquí; al menos, no ahora. La vegetación lo invade bastane, y baja algo de agua por el camino. De trecho en trecho, el camino tiene surcos oblícuos que sacan el agua fuera, y sirve par regar los prados.
Al cabo de un rato, cuando me aproximo al arroyo de Montouto (según la hoja cartográfica), la vegetación se espesa en el camino, y tengo que apartarla con el bastón. Por fin cruzo un pequeño puente de troncos sobre el arroyo Montouto, y efectivamente, delante de mí están las casas abandonadas de la herrería.
Mi corazón late con fuerza. Todo está igual que entonces, sólo que con más vegetación. Ahí, donde esa masa enorme de helechos que me sobrepasan, pusimos la tienda de campaña. Aquí hice una hoguera. Cuántas estrellas ví aquella noche.
La estructura de la herrería está intacta. Ni siquiera la techumbre presenta apenas ni un hueco. Qué bien se hacían las cosas antes. Me pregunto cuántos años llevará abandonada. Sé que el camino sigue río abajo, y lo sigo un rato. Una pequeña aldea creció al amparo de la herrería. Se cuentan cuatro o cinco casitas, estas sí, con la techumbre hundida. Qué inmensa soledad se desprende de un sitio como este. Me imagino poder tener una máquina del tiempo y poder ver este lugar rebobinando hacia atrás, a gran velocidad. ¿Quién sería el último en marcharse? ¿Cuántas generaciones de ferreiros harían funcionar los mazos y los fuelles? Me vino a la cabeza el clavo del castro. El castro se encuentra ahora justo sobre mí, a unos 100 m. de altura por encima de mi posición. De seguro que el clavo salió de esta herrería. ¿Cuanta gente viviría aquí, en su apogeo? ¿Quién sería su fundador? Como respuesta a mis preguntas, la quietud del aire y el silencio, sólo roto por el rumor del río, que baja en cascadas, allá abajo de los muros de las casitas abandonadas.
Sigo un rato por el camino del río, que ahora baja entre soutos de castaños. Enormes troncos me observan, huecos y heridos por el rayo y el fuego, pero llenos de vida aún. Mis ojos se maravillan ante el enorme repertorio de especies vegetales. Conozco los nombres de sólo algunas de ellas (saxífragas, "rañacús", digitalias, helechos de todo tipo, musgos de todas las texturas), pero qué regalo para los sentidos. Cedo a la tentación, y me siento un rato al borde del camino, con ambas manos sujetando el bastón contra el suelo. Me quedo inmóvil y en silencio, y abro todos mis sentidos para que puedan penetrar en mí todas las sensaciones (e impresiones) que el Caurel puede darme. Entonces comprendo que El Caurel es la proyección externa, la imagen sobre la realidad, de un paisaje interior que tapiza mi espíritu. Como bajo los efectos de un alucinógeno, todas las percepciones se multiplicaron en intensidad. Los aromas, ese olor tan a limpio, a puro; los zumbidos de los insectos, el eterno rumor del río, allá abajo, y los colores, ese abanico de increíbles matices que el atardecer arranca al paisaje, y que sólo en El Caurel he visto.
Dejo que el tiempo fluya, y creo que sería capaz de estar así horas y horas, pero tiempo es de lo que no tengo mucho. Emprendo el camino de vuelta.
Al legar al puente de troncos, miro a mi derecha y veo al fondo, lo que parece una devesa. Lo confirmo en la hoja cartográfica: "Dehesa del Ciervo" Me hace sonreir la errónea traducción al castellano de "devesa". Miro en dirección a la devesa, que debe estar a unos dos kilómetros de mi posición. Sus masas arbóreas me tientan hasta el punto de dirigir mis pasos hacia allí, aunque sé que está fuera de mi alcance, al menos por hoy. Me conformo con estudiar la manera de llegar. En efecto, un camino ancho parece seguir fielmente la margen derecha del arroyo Montouto. Consulto de nuevo la hoja, y veo que cerca de la Devesa del ciervo aparece una pequeña aldea, en la curva de nivel de 1.100 mts.; hoy día necesariamente abandonada. No figura el nombre, pero cerca aparece un topónimo curioso: Los Tornos. Es evidente que el camino que sigo es el que llevaba a esta antigua aldea. En el tramo que sigo, tiene poca maleza, y se hace fácilmente. Me pregunto si será fácil llegar hasta la aldea hoy día.
El sol, al esconderse tras las cumbres, me avisa de que no me demore. Con la puesta de sol y la bajada de la temperatura, parece que se renueva el repertorio de aromas y colores que el paisaje me ofrece. El silencio. El impresionante y solemne silencio, sólo roto por el eterno murmullo de las aguas. Durante horas, no he oido ni una voz, ni un ruido de motor, ni un ladrido, ni un mugido. La soledad. La inmensa soledad de estos montes. Encuentro otro puente de troncos que me brinda la posibilidad de pasar a la otra márgen del arroyo, y regresar por distinto camino. Confío en mi orientación, y no me equivoco, saliendo poco después al camino -ya conocido- que me devuelve de nuevo a la aldea de El mazo.
Antes de entrar a la aldea, el camino pasa junto a unos prados en pendiente. La siega debía estar próxima, pues el pasto alcanzaba una buena altura. Salto el murete de piedra junto al camino y me adentro unos pasos en el prado. Hace tiempo que sentía ganas de hacer esto. En efecto, la hierba me llega al hombro. Extiendo los brazos y rozo los extremos de las hierbas con las puntas de los dedos, como si acariciase la superficie de un mar. He visto hacer esto en escenas de al menos dos películas: Bailando con Lobos y Gladiator. Cierro los ojos, y por un momento veo la escena como a través de un pájaro que me sobrevolase: un hombre solo, en un prado, con los brazos extendidos.
Me agacho y aparto las hierbas para observar cerca del suelo. A este nivel hay poca luz solar, pero un mundo de vida bulle. Lombrices, caracoles, saltamontes, y otros mil insectos. La pradera en sí es otro ecosistema, como lo puede ser un bosque, pero a escala reducida. Todo parece hierba igual, pero observando en detalle y cerca del suelo se aprecia una biodiversidad notable. Un mundo en miniatura, oculto. Un microcosmos.
Tengo que irme, muy a mi pesar. Tomo algunas fotos de las casas de la aldea de El mazo, y al atravesarla, me reciben unos insistentes ladridos. El perro parece muy sorprendido de ver alguien ajeno por aquí. Finalmente, cuando ya me alejo, una figura aparece en el umbral de la puerta de una casa, y recrimina al can para que no monte tanto barullo. Me imagino que el hombre se preguntará -al igual que el perro- quién diablos es ese. En estas circustancias procuro llevar colgados al cuello los prismáticos y la cámara; de alguna manera me ubican, me definen. Pararía a hablar con él un rato, pero no parece muy dispuesto a la charla -quizá me equivoco- y ya he dejado la casa algo atrás. saludo con la cabeza, intentando un gesto gentil, y me alejo.
No puedo marcharme sin volverme, a medio camino, para mirar a la incierta luz del ocaso la aldea, la montaña, el río, el valle. ¿Volveré aquí alguna otra vez? ¿Llegaré acaso hasta la Devesa del Ciervo, y las aldeas abandonadas de más arriba? Quién sabe. Sólo deseo que hasta entonces - si ese entonces llega- este Caurel secreto siga durmiendo su tranquilo sueño. Que nada lo perturbe.
Tengo un largo camino hasta Santiago, pero conduzco sin prisa. Llego sin contratiempos, sobre las 12:30 de la noche. Mañana hay que trabajar. =======================================================

OTRAS IMPRESIONES DEL CAUREL

Estoy convencido que El Caurel es un lugar mágico, todo él, y que allí te pueden suceder cosas sorprendentes, inprevistas, maravillosas. En cierta ocasión, cerca de Ferrería Vella, me paré a hablar con un matrimonio mayor, que curiosamente eran catalanes, pero vinculados emocionalmente –como yo- al Caurel. Jubilados y semi-residentes. Charlamos casi media hora, acerca de sitios peculiares y singularidades de la zona, y se sorprencieron de que alguien foráneo como yo conociera tantas cosas de aquella tierra. Entonces me comentó el hombre que alguien había encontrado un escarabajo muy raro en una cueva cerca de Mercurín. Deduje que tenía que ser A Cova das Choias, o A Cova do Eixo. Pero- le dije- ¿Una joya, una especie de amuleto egipcio en forma de escarabajo? No, qué va, un escarabajo de verdad, un animal. Lo sacaron de la cueva y estuvieron estudiándolo, un bicho muy raro.
A mí lo que me pareció muy rara era la historia, y pensé que sería fruto de la fantasía del hombre. pero al día siguente, buscando en Goggle “coleoptero mercurin” o “coleoptero caurel”, va y aparece el escarabajo. Salió una hoja de entomólogos alemanes, donde se relacionaban avistamientos singulares de toda Europa, y allí, había una reseña a un hallazgo en Mercurín, Caurel, España. Venía el nombre en latín, y hasta una foto del bicho. Al parecer, se creía extinto, o algo así. Increíble.

Recuerdo mi primera acampada que hicimos en El Caurel. Nos habíamos tropezado con un paisano que parecía sacado de una novela. Era como el tonto del pueblo, o algo así, y hablaba algo que podría haber sido gallego del interior. Nos describía la manera de llegar hasta las fuentes de Aguas Blancas y Aguas Rubias. Yo no entendía nada, pero decía que sí a todo, por si acaso. Pero lo que hablaba aquel tipo... Lástima no tener una grabadora a mano, porque creo que algún paleolinguista se hubiera quedado pasmado de oir aquello. Desde luego, gallego no era. Yo creo que no era ni latín. Debía ser anterior. En todo caso, era una lengua muerta. ¿De qué extraña falla espacio-temporal salió aquel tipo? ¿Qué demonios hablaba? Cosas así sólo pasan en El Caurel.
Guardo recuerdos de El Caurel que me durarán el resto de mi vida, pero ¿Me recordará El Caurel a mí? ¿Formarán las nubes sobre el Formigueiros una figura que recuerde mi perfil, o esbozarán las volutas de agua del río Selmo, el dibujo de la funda de mi cuchillo?

domingo, 18 de abril de 2010

Experiencias místicas, o quizá no tan místicas

Sacado de mis "Autoentrevistas". Escrito hacia 2006.

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Creo que ya es hora de que hable de eso. aunque me parece que va a ser un poco difícil. El adjetivo que más se le acerca es “inefable”, esto es, que no puede ser expresado con palabras. ¿Cómo describir algo que no puede ser expresado con palabras? Parece que la única forma es mediante imágenes alegóricas. Es además muy curioso que no fue una experiencia sensorial, en el sentido de que no experimenté ninguna sensación reportada por los sentidos; si acaso, por un sentido interior. La descripción que por tanto, repito, debe ser puramente alegórica, pues la experiencia fue completamente interior.

Tenía yo dieciocho años y estaba en la cama. Era viernes por la mañana, primavera; no recuerdo la fecha. Hacía unos minutos que había despertado y la casa estaba en silencio. Por alguna razón que no recuerdo, aquel día no iba a ir a clase. El sol había salido hacía rato y se filtraba por las rendijas de la persiana, proyectando puntitos de luz sobre la pared.

Entonces, fue como si el Cosmos se abriese por la mitad. Un gigantesco estruendo mudo, un estallido titánico, que no produjo sonido. Millones de estrellas y de galaxias brotaron con la explosión, llenándolo todo.

Mi mente se expandió, hasta ocuparlo todo. Me fue dado un gran Saber. Todos los círculos se cerraron, y todas las preguntas tuvieron su respuesta. Las ecuaciones encontraron sus soluciones, y todos los efectos conocieron sus causas. Me pareció saberlo todo, conocerlo todo, verlo todo, estar en todas partes a la vez, hablar todas las lenguas. Si en ese momento alguien me hubiese hecho cualquier pregunta, por compleja o difícil que fuese, la habría contestado correctamente y sin vacilar, o al menos, así me parecía. Este sentimiento fue acompañado de una dulce euforia, como nunca antes había sentido. No tuve ningún miedo: aquello no podía ser malo. Aún aunque hubiese sido la muerte misma, no podía ser malo, y me abandoné a la sensación. La sensación de volar, de estar en todos los sitios, de verlo todo desde todos los puntos de vista, de comprenderlo todo al fin.

La sensación duró menos de un minuto. Intuyo que no puede durar mucho más una sensación así. Posiblemente, la mente no lo soportaría sin caer en la insania. Como un motor que se quema si lo sobrerrevolucionamos durante demasiado tiempo.

Pienso que una experiencia así, aunque breve, puede condicionar el resto de tu vida. Yo mismo he pasado mucho tiempo intentando explicarlo. Entiendo que una experiencia como esta, lo suficientemente intensa, y experimentada por alguien que tenga convicciones religiosas puede ser interpretada como una revelación mística. En la novela de ficción El Eterno Regeso a Casa, Ursula K. LeGuin ofrece una narración de una mujer (Picamaderos, visionaria de Chukulmas, creo recordar) que tiene una de estas visiones, muy intensa y llena de imágenes, y luego pasa el resto de su vida intentando hallar un sentido a lo experimentado, intentando interpretar las visiones, intentando dar un registro escrito a todo lo que durante un lapso de tiempo pasó ante los ojos de su mente. La experiencia podría ser más habitual de lo que pensamos. El doctor James Austen, neurólogo estadounidense, describe una experiencia casi exactamente igual a esta. Se produjo además, de manera espontánea.

En 1998, Austen desarrolló en su libro El Zen y el Cerebro, teorías según las cuales, sensaciones de disolución del yo se deben a la desconexión o desaparición momentánea de actividad en determinadas áreas del cerebro. Dedujo que, para que se disolviesen el tiempo, el miedo y la conciencia del yo tenían que haberse interrumpido algunos circuitos cerebrales. ¿Cuáles? La actividad de la zona que supervisa los peligros y acusa el miedo, se debe de haber inhibido. Los circuitos del lóbulo parietal, que determinan la orientación espacial, y establecen una nítida distinción entre el yo y el mundo exterior, deben haberse detenido. Los circuitos de los lóbulos frontal y temporal que registran el tiempo y generan la conciencia del yo, deben de haberse desconectado.

sábado, 10 de abril de 2010

EL EXTRAÑO PODER DEL SUBCONSCIENTE

Ésta es una entrada de mi diario escrita en el año 2001. La escribí varios días después de que sucediese, intentando ser fiel con la realidad al máximo. Es algo que da que pensar, y yo mismo le he dado montones de vueltas desde entonces. ======================================================== 

01-06-2001 Aquella tarde libre, fui a explorar un castro (yacimiento arqueológico) que hay en el concello de Padrón, en el lugar de Buxán. Era una tarde soleada, aunque algo fresca. Iba solo. Llevaba, como siempre, mi bolso de bandolera, cámara de fotos, hojas cartográficas, bastón de camino, etc. Equipado para monte, vamos. 
Dejé el coche como a medio kilómetro del asentamiento, en una pista forestal. Tenía bastantes ganas de patear monte, pues hacía bastante que no salía, y me empleé a fondo. La croa era bastante visitable, pero en algunos puntos tuve que despejar maleza para poder pasar. Paré a descansar un rato más o menos en el centro de la croa, y luego continué hacia las defensas (murallas), con la idea de rodear el recinto por ellas, si fuese posible. 
Fue posible caminar por lo alto de la muralla un buen trecho, por su parte este, hasta que la maleza, que allí ya eran árboles, me impidió el paso. Tuve que descender por el talud de la muralla, para seguir por el foso y la parte exterior. Di un pequeño resbalón y rodé talud abajo como un par de metros, con bolsa, bastón y todo. No me pasó nada. Me sacudí un poco y seguí caminando. 
Hacia la parte noreste, descubrí lienzos de muralla perfectamente conservados, con aparejo poligonal visible de más de dos metros de alto. Impresionante. Despejé con el bastón todas las silvas que estorbaban e hice un par de fotos, para el archivo. 
Seguí caminado por el exterior del recinto, siguiendo la muralla, hasta llegar al punto por donde entré al recinto, que a todas luces podría ser la entrada original del castro. Me detuve allí otro rato, y como la tarde iba cayendo, emprendí el regreso al coche. 
Entonces, al llegar al coche, lo eché en falta. Mi jersey. Llevaba mi viejo jersey de monte en la bolsa bandolera, pero lo saqué porque abultaba bastante, y lo llevaba pillado con la banda de la propia bolsa. Lo había perdido. No era ni mucho menos una gran prenda: Un jersey de fibra comprado en Cortefiel, Coruña, hacía muchos años, pero le tenía cariño porque lo había llevado en muchas excursiones y salidas. Me dio rabia y volví a buscarlo. Llegué hasta el centro de la croa, al sitio donde había estado descansando, pero allí no estaba. Miré en derredor, intentando calcular... Me llevaría más de una hora recorrer todo el camino de nuevo, para buscarlo. ¿Dónde diablos me habría quedado el jersey? Hice un esfuerzo, intentando recordar. Pero no lo conseguí. Empezaba a hacer frío, y ahora no tenía jersey. Regresé al coche. Empecé a darle vueltas a la cabeza: "Mi jersey... mi querido y viejo jersey". Desde el punto de vista consciente, hasta casi me daba rabia darle tantas vueltas, pues no era más que una vieja prenda ya amortizada. Sólo tenía que comprar un buen jersey, o destinar para monte algún otro a medio uso, y ya está. Pero mi subconsciente seguía dándole vueltas al jersey. Como una rabia interior... Mi jersey... Al final me esforcé en olvidar completamente el asunto, pues no tenía ninguna trascendencia. Y me olvidé del jersey. O al menos eso creía yo. 
Pasaron tres días y no volví a pensar en ello. Al cuarto, me levanté en Santiago para ir al trabajo. En el cuarto de baño me estaba cepillando los dientes mientras pensaba en las cosas que la jornada de trabajo me iba a deparar, y de repente, sin previo aviso... 
Sé que parecerá increíble, pero en un instante mi imagen en el espejo se borró, y fue reemplazada por otra. Ahora sé que puedes tener una cosa delante de los ojos y sin embargo, ver otra. El cepillo de dientes me cayó de la mano. 
Lo que vi en el espejo era mi jersey. Estaba como a dos metros de mí, colgando en la rama de un tojo, entre la maleza. Yo conocía ese sitio. Era el talud donde resbalé. El jersey estaba a medio talud, en un tojo, según se baja a la derecha. Debió de quedar enganchado en el tojo durante el resbalón. 
La imagen en el espejo duró apenas un par de segundos, y de nuevo me vi otra vez, con la boca llena de pasta y el cepillo caído en el lavabo. 
Aquel día en el trabajo estuve nerviosísimo, no daba pie con bola. Al final de la jornada fui corriendo a casa, cogí lo imprescindible y tiré hacia Padrón. Dejé el coche en el mismo sitio, y con los nervios a flor de piel, corrí monte a través hasta el sito que vi en el espejo. Lo hubiera encontrado con los ojos cerrados. 
Allí, desde lo alto del arribón, vi el jersey. Estaba como a dos metros de mí, en la rama del tojo, a medio talud a la derecha, exactamente, repito, exactamente como la imagen del espejo. Bajé por el talud y cogí el jersey. Lo estreché contra mi rostro, temblando, y casi sollozando. ¿Cómo algo así pudo desencadenar semejante respuesta emocional? Creo que lo que más me impresionó fue ver de nuevo el fotograma que apareció en el espejo, allí desde lo alto del talud. Pero yo sabía que iba a ser así. Lo sabía , estaba seguro. Lo alucinante, lo increíble, sería que el jersey no hubiese estado allí. Porque yo lo había visto, a través del espejo. 
En esos tres días había llovido, y el jersey olía a humedad. Pero lo lavé y quedó como si nada. Tengo claro que nunca me desprenderé de él. 
Necesito dar una respuesta racional a los fenómenos. Mi hermano, por ejemplo, explica este fenómeno recurriendo a la teoría de los universos paralelos, según la cual -me dijo- las cosas no suceden en este universo de una manera unívoca, lineal. Esa es la impresión, la interpretación que nuestra consciencia hace de "algo" que hay ahí fuera y que llamamos realidad, a falta de un vocablo más afortunado. No acabo de ver clara esa explicación. Me inclino a pensar lo siguiente: Todo lo que es captado por los sentidos va a parar al cerebro. El cerebro filtra esa información de manera casi instantánea (todo esto es ciencia, no me lo estoy inventando), pues no podría manejar semejante cúmulo de datos sin volverse loco. Guarda lo más importante en un repositorio a medio plazo -minutos o quizá días- que es lo que podemos recordar, y finalmente, si la información no se necesita más, es olvidada, salvo que el evento sea muy importante o traumatizante, en cuyo caso se guarda en la memoria a largo plazo, y dura para siempre. Si el suceso es muy, muy traumatizante, el cerebro hace al revés, lo olvida, pero para protegerse (traumas psíquicos severos). La idea es que toda esa información, por raro que parezca, no se pierde, sino que queda archivada, almacenada en algún punto de la mente. No podemos recordarlo conscientemente, pero el subconsciente tiene acceso ahí. En el caso del jersey, para mi consciente era poco importante, pero para mi subconsciente era importante, y no estaba dispuesto a perderlo. Le llevó tres días repasar toda la información relacionada hasta que dio con la respuesta, y se la lanzó al consciente, justo cuando yo miraba al espejo. Cuando resbalaba por el talud, mis ojos debieron captar, acaso durante una décima de segundo, o menos, cómo el jersey se quedaba en el tojo. Secuencia demasiado breve para que el consciente la captase, pero el subconsciente la encontró. Pero hay algo que no me acaba de cuadrar. La imagen que vi en el espejo era desde lo alto del talud. El jersey ya estaba en el tojo. Cuando pasé por allí la primera vez, mis ojos no pudieron captar esa imagen, pues en aquel instante el jersey estaba aún pillado en la cinta de la bolsa. La imagen del espejo era exactamente la que tuve desde lo alto del talud, cuando fui a buscar el jersey. ¿Pudo mi subconsciente, en el momento de mirar el espejo, "horadar" el futuro y darme la imagen que mis ojos captarían tres días después? Casi se acerca más a la explicación que da mi hermano. Creo que nunca resolveré el misterio. Pero tengo mi jersey guardado en un cajón.