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....Cabalgué a lomos del Dragón. Y él volvió hacia mí sus enormes ojos color violeta. Y me sonrió.




viernes, 30 de abril de 2010

En la cueva de Bermún

Tomé la costumbre de hacer diarios de jornadas de exploración de cuevas o de simples excursiones por el monte. El contacto con la naturaleza ha sido siempre para mí una fuente de sensaciones entrañables. Cada una de estas jornadas me es una experiencia única, y valiosa.
Hago fotos como todo el mundo, pero así como la cámara capta lo que ve el ojo, ¿Cómo captar lo que ve la mente? En estos diarios de salidas intento recoger no sólo una mera descripción de donde fui, o lo que hice, sino además las impresiones que todo ello me causó. Aunque el apariencia a veces aséptico, el relato esconde una emoción apenas contenida, que hay que leer entre líneas.
Cuando pasan los años y releo uno de estos diarios, los recuerdos que me reporta son mucho más vívidos que los que puedo tener simplemente viendo las fotos. Se trata de capturar el instante, la vivencia. Y eso es evidentemente una percepción interior.
He aquí uno de ellos (Habrá más). Exploración a la Cueva de Bermún, en Sarria, Lugo. 16-05-98
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Sábado por la mañana. Conduzco por la autovía hacia Lugo. El tiempo de momento es bastante bueno, hay una niebla alta y por veces ha lloviznado un poco. Tengo miedo de que empeore. Es muy importante que no llueva, para lo quevamos a hacer . Conduzco deprisa, estoy un poco nervioso. Hace mucho tiempo que no me meto en una cueva y espero tener aún la preparación suficiente. Además, no he estado nunca en la cueva de Bermún, y Javier sólo llegó hasta la Sala Pequeña, en una entrada en solitario que hizo hace unas semanas. Contamos con la cartografía adecuada, cierto, pero no sabes de verdad cómo es una cueva hasta que no estás en ella. En la descripción aparece un curso de aguas, y recomienda no adentrarse en la cueva si hay peligro de fuertes aguaceros. Zonas enteras de la cueva podrían quedar inundadas. De momento, sólo tenemos una niebla alta y una llovizna; no quiero ni pensar si empezase a llover fuerte cuando estuviésemos dentro.
Llego a Sarria y me encuentro con Javier. El tiempo está mejorando, y mi ánimo también. Salimos hacia Bermún. Ésta es una aldea remota, de apenas cinco casas, camino de Incio. Pasa por ella una carretera local. Al llegar a Bermún salimos de la carretera y tomamos una estrecha pista empedrada. El coche pasa justo entre lajas de piedra pizarrosa; es un camino para carros estrechos y ganado.
Dejamos el coche en un souto de castaños. Ha salido el sol y el aire está en calma. Es una hermosa mañana de primavera, en un espeso souto de castaños y robles, en la Galicia profunda. No hay casas a la vista, y sólo se oye el canto de los pájaros y el rumor de un arroyo cercano. Todo alrrededor son bosques y prados. El sol se filtra a través de las hojas, aún jóvenes, de los árboles y hace brillar a su trasluz a una miríada de pequeños insectos que pululan en el aire de la mañana. Es un instante perfecto.
Junto al coche hay un montón de troncos de castaño recién cortados, y los aprovechamos para sentarnos, cambiarnos la ropa y apoyar cosas. Ya con todo el equipo preparado, emprendemos el camino de la cueva. Javier guía. El camino desciende por el souto, y la vegetación se espesa. Barbas de líquen cuelgan de las ramas de los carballos, y una espesa capa de musgos y helechos crecen aun encima de los muros de piedra que delimitan el viejo camino por el que bajamos. Hay mucha humedad por todos lados.
La entrada de la cueva se encuentra en el fondo de una dolina, que está a prado con hierba que nos llega casi a la cintura. El lugar es de una belleza exhuberante, idílica y salvaje. Por el borde de la dolina corre el agua, que pronto se precipita en cascada por una de las bocas de la cueva, y desaparece, pero no es ésta la entrada que vamos a tomar. Hay demasiada agua. Javier localiza rápidamente la boca de entrada, más angosta, pero seca. Enormes robles crecen sobre ella, y desde ellos, cuelgan lianas (sí, lianas) finas. Casi hay que apartar la vegetación para acceder a la boca de la cueva. Encendemos nuestra iluminación y me fijo a la espalda la saca de ataque, aunque Javier me advierte que pronto tendré que quitármela. En cuanto escucho el familiar siseo, y me rodea la amarillenta luz del acetileno al arder, me siento trasladado a un mundo de distintas percepciones, pero para nada amenazante u hostil.
La cueva es angosta, en efecto. Pronto hay que quitarse la saca para forzar algunos pasos, pero nada fuera de lo normal. En muy pocos sitios es posible ponerse de pie. En seguida una corriente de agua nos acompaña por el estrecho túnel. Básicamente avanzamos por una estrecha diaclasa, que el agua ha tallado hasta hacer un meandro. No hay pérdida en cuanto al camino: Hay que seguir el agua. Pronto llegamos a la Sala Pequeña, tendrá tres por dos metros, y me sorprende que Javier se aventurase hasta aquí solo, cuando vino por primera vez hace algunos meses.
A partir de la Sala Pequeña, las cosas empeoran. Paso delante, y abro camino con lentitud y trabajo. El meandro se estrecha, y avanza haciendo zetas y hacia abajo. El agua discurre por su fondo, y aunque la corriente es débil, cuando tienes que arrastrarte sobre ella es bastante desagradable. No podemos ponernos las sacas en ningún momento, y tenemos que pasarlas de uno a otro para ir avanzando. Pronto empiezo a sentirme mojado por dentro, pero no tengo frío, pues el ejercicio es intenso.
Avanzamos con suma lentitud, y cada metro cuesta un esfuerzo. Salvamos una pequeña cascada, como de un metro de alto, pero apenas sin espacio sobre nuestras cabezas. El meandro tiende a hacerse más estrecho, y cada vez tiene más zetas. Avanzamos a base de contorsiones, usando más las manos que los pies, y arrastrando las sacas entre los dos. Empiezo a sentirme cansado y me pregunto si estaremos en la ruta correcta. Busco caminos alternativos por encima de mi cabeza, y empiezo a maldecirme por no haber traido caramelos, muy útiles para prevenir el agotamiento. Pienso que el mismo camino tendremos que hacerlo a la vuelta, y hacia arriba, hay que reservar las fuerzas. Por un momento, empiezo a sentir que las cosas no van bien del todo. Una lucecita roja en mi interior comienza a parpadear.
Por último, la diaclasa se estrecha tanto, que me parece una temeridad intentar forzarla. El agua se pierde por ella. Me detengo jadeando, casi agotado, sudoroso, dudando, sopesando, intentando pensar. Javier, tras de mí, está en mejor estado. Por encima de mi cabeza parece que la diaclasa se ensancha, y Javier se decide a explorarla. Le digo que le espero abajo, y que no se aleje mucho. No quiero que perdamos el contacto, aunque sea auditivo. Estoy realmente cansado. Me quedo quieto e intento recuperar las fuerzas.
Javier progresa por encima de mi cabeza y pronto no puedo ver sino el reflejo de su luz. En efecto, la diaclase se ensancha algo hacia arriba, pero no parece abrirse de momento a ninguna sala. Sique adentrándose, y llega un momento en que casi no le oigo. Le grito para que vuelva. No debemos perder el contacto bajo ningún concepto. Este es el punto número uno de la seguridad en espeleología. Unos diez minutos más tarde está de nuevo sobre mi cabeza. En efecto, hay continuidad por los niveles altos de la cueva, y los túneles son más anchos, aunque tampoco parece ser un camino de rosas. No obstante, es el camino correcto. Le digo que lo siento, pero creo que no es prudente continuar con la exploración, dado mi estado, y me confiesa que él también está muy cansado. Yo creo que no, pero que lo dice para que no me sienta culpable. Emprendemos el camino de regreso.
El retorno es asímismo lento. Mi principal preocupación es dosificar el esfuerzo para no caer en agotamiento. Arrastramos las sacas con lentitud,
y alcanzamos por fín la Sala Pequeña. Paramos a descansar y hacemos algunas fotos. Yo voy mucho mejor de ánimos: lo más difícil está ya hecho.
Finalmente, alcanzamos la superficie. El sol calienta con fuerza, y es de agradecer, pues estamos bastante mojados.
Siento algo de lástima por haber tenido que suspender así la exploración. Lo achaco a mi falta de preparación física para este tipo de actividad, debido a que casi no practico, y tabién al hecho de que la cueva es extremadamente dura. Si hubiese entrado con un buen bocadillo de jamón en el cuerpo, en vez de con un vaso e leche y tres galletas, quizá... Hace diez años no me habría pasado esto. Pero también estoy satisfecho porque pienso que tomé las decisiones adecuadas en el momento justo.
El regreso es sin incidentes, salvo que estamos los dos molidos. Dudo si volveré a entrar en este agujero, pero si lo hago, será en pleno verano, con mejor preparación física, sabiendo por donde tengo que ir, y con caramelos.
No obstante, la jornada ha sido única en muchos aspectos, y recordaré el resto de mi vida esta exploración. De regreso a Ferrol, siento que he recuperado una calma y un equilibrio interior perdidos hacía mucho tiempo. Tengo la mente llena de sensaciones y experiencias que quedarán ahí para siempre. No me arrepiento en absoluto de haberlo hecho. Quizá pueda parecer algo excéntrico, pero siento dentro de mí la necesidad de hacer cosas así, y sé que la sentiré mientras me quede un ápice de fuerza vital; pues está en mi propia naturaleza, y haré lo posible por seguir haciendolo, aunque sea una vez al año; pues en cierto modo es lo que me da fuerzas para continuar con el día a día de mi vida.

lunes, 26 de abril de 2010

El Gran Santuario

Escribí "El Gran Santuario" cuando tenía 24 años, al poco tiempo de vivir en Galicia. Hay que ser, por tanto, benévolos. Aunque la idea principal se gestó en mi cabeza aún viviendo en Madrid, y en cierto modo, es una premonición de que vendría a Galicia.
Pasados ahora los años, podría reescribirlo y corregir muchas cosas, pero eso sería hacer trampa. Lo dejo tal y como nació.
Reconozco que hay en él toda una colección de alegorías. Las hay de Tolkien, de Lovecraft y sobre todo, de Lord Dunsany.
¿Que por qué lo escribí? Muy sencillo: Estaba dentro de mi cabeza. Si no lo hubiese escrito, todavía seguiría allí. Había que desalojar espacio en el disco duro.
Todos los nombres de topónimos y de plantas, y de otras cosas, emanaron directamente de mis sueños. Dormía entonces con papel y lápiz en la mesilla. Cuando despertaba, anotaba los nombres antes de que se borrasen en la bruma de la vigilia.
Otra curisodad: Empezé escribiendo simultáneamente el final, el pricipio, y la parte media. Fui escribiendo a trozos, hasta que cada parte llegaba al comienzo de la siguiente.
Para el que sea capaz de leerlo entero, aquí lo tenéis. ================================================
EL GRAN SANTUARIO
Javier Cebrián

Como cada día, vuelvo a casa en el Metro. En el aburrido vagón apenas puedo respirar, y el ruido es insoportable. Un individuo se agolpa insistentemente contra mí, mientras parece absorto en el desenlace de una novelilla de vaqueros. A mi derecha, un anciano asmático tose. La luz es tenue, amarilla y húmeda. Todos se agitan, siguiendo los vaivenes del vagón. Nadie habla.
Cuando bajo en mi estación echo a correr por el andén, intentando disipar toda la violencia que he acumulado en el trayecto; pero es inútil; una anciana, irritablemente lenta, parece bloquear ... (Desde siempre me habían contado los ancianos cómo el bosque mágico de los árboles de plata descendía cubriendo todo el valle de Getzrior...)
en todo momento mi trayectoria. El cruel relámpago fluorescente me alcanza 50 veces por segundo, demasiado rápido para herir, demasiado rítmico para pasar desapercibido. ¿Porqué nadie parece notarlo?
Al fin salgo al exterior, pero esta noche es de las que da miedo respirar, tal es la contaminación del aire. Casi conteniendo la respiración, me apresuro hacia casa, en medio de un estruendo de cláxones, humo de autobuses y rugientes... (¿Donde estás, Chei-Latuan? ¿Acaso se eleva tu grito en medio de la nocturna selva? ¿Dónde te hallaré, Quinto Avatar del Hijo del Tigre?) ...motores. Es la M-30, que hoy viene cargadilla...
Por fin en casa, me encierro en la habitación, apago la luz y me acurruco en una esquina, intentando huir de este universo hostil.
Estoy agotado.
Pero ¿Qué he hecho en toda la tarde? Leer un poco en casa y luego ir a la academia a trabajar la Electrónica poco más de una hora, total, lo de todos los días. Entonces, ¿Porqué estoy tan cansado?
Me incorporo y miro por la ventana. El fino cristal apenas si consigue aislarme del rugido contínuo de la M-30. Poco a poco, la luz diurna muere por encima de una infinitud de edificios grises y sucios, de asfaltos y hormigones, dejando un aire oscuro y opaco.
Es mejor que estudie un poco de Electroacústica, mañana es el examen parcial y quizá les dé por poner un tema un poco raro.
Abro el libro, enciendo la lámpara de mesa, consulto unas notas, transductores magnetoestrictivos, ferritas polarizadas, adaptación de la impedancia al medio radiante, cálculo del rendimiento del transductor; pero es inútil, no consigo concentrarme. El pequeño equipo de música, en su esquina, me recuerda la hora con números fluorescentes. Me levanto y paseo por la habitación como un animal enjaulado. Aún falta al menos una hora para la cena. Me detengo junto a la ventana, poseído de una repentina inquietud; entonces, no pudiendo contenerme más, abro la ventana y salto fuera.

Caí apenas un metro más abajo, sobre un blando suelo de hierba. La noche era limpia y silenciosa. Junto a mi ventana, a un lado del camino, unas campánulas apenas se estremecían, bañadas por la luz de una luna insomne y cruel; aun por encima de la luna, el misterioso ojo de Arturo brillaba. Más allá del camino, junto al estanque, se oía un tenue croar.
Tomé el viejo camino, el que serpeaba hacia las colinas. Cuando llegué a las primeras cuestas la luna ya se ocultaba; pero el caminante nocturno nunca teme el ocaso de la luna llena; sabe que a no mucho, el día ha de seguirla.
En efecto, miré hacia el Valle, y he aquí que una nueva claridad se levantaba sobre el mundo. Bienvenida seas, nueva luz del día, que alejas los temores y los fríos de la noche; bienvenida tú, que das nueva fuerza al caminante cansado, que muestras el camino correcto al que de guía carece.
Ya el sol se levantaba sobre el Valle, deshaciendo con su fuerza los jirones de niebla, que como fantasmas holgazanes se demoraban entre los cañaverales y los prados bajos, cuando llegué a la cabaña.
Todo aquel día estuve hachando leña en lo más profundo del bosque de los mágicos árboles de plata. Con frecuencia llegaba hasta el encantado rincón donde el agua brota de la roca, donde el musgo es silencio, donde las piedrecillas del fondo del arroyo susurran una antiquísima leyenda ya olvidada por los mortales. A veces me he demorado allí, intentando descifrar, sin conseguirlo, el canto de los pájaros, mientras una enorme y triste rana gris, preñada de filosofía, acompañaba mi meditar.
Había transcurrido ya la mágica hora de la tarde que solía ocupar en recoger hierbas curativas; pues sólo recogiendo tales plantas en un instante mágico puede la magia misma impregnar la planta, permitiendo luego la curación. Había transcurrido ya ese instante, como digo, y me encaminaba de regreso a la cabaña. Ya en su vecindad, una repentina inquietud en los pájaros en lor árboles cercanos me hizo recelar y ocultarme fuera de la senda.
A la incierta luz del crepúsculo vi un jinete que se abría paso entre las silvas. El caballo tenía el aliento perdido; resoplaba sin resuello. El caballero llevaba el manto destrozado, como de haber cabalgado mucho tiempo por el bosque sin caminos. Su rostro, amparado tras espesa barba, inclinábalo sobre el pecho. Lo ví vacilar, y pensé que caería de su montura, a no ser de los vaivenes que ésta hacía por evitarlo.
Salí de mi escondite y avancé; la montura dió un respingo, y me pareció que saldría espantada, pero al fin, abrumada de tanto infortunio, se abandonó a mi cuidado. La tomé de las riendas y agarré al caballero por la manga. Al instante éste cayó en mis brazos; balbuceaba y gemía, todo el juicio perdido.
Aquella noche el fuego no se consumió en el hogar de mi cabaña; hasta el alba velé por las fiebres del caballero. De mi alacena de hierbas extraje un puñado de lauriólean, pues solo los muy versados en la ciencia de las plantas conocemos los verdaderos usos de estas hojas, que en otro tiempo se usaron para dar aroma a los manjares, según creo. Hice finos trozos con las láuridas y las tosté al fuego hasta que casi estuvieron negras. Una fragancia llenó la sala, y aún sólo con ella pareció que mi huésped se serenaba en su lucha contra la calentura. Vertí por último el polvo negro en un cuenco de agua e hice una simple infusión. Alcanzado el ebullir, añadí frutos de niphlos, tallos de arinagar, hojas de quiniquérian , que incrementarían la acción de las lauriólean.
Una vez todo esto estuvo en infusión, lo dí de beber al caballero, que de inmediato mostró alivio, pues dejó de delirar, y cayó en un sueño pesado, aunque tranquilo.
Ni siquiera a su montura descuidé la atención. El noble bruto sudaba y resoplaba inquieto, como si le alcanzasen los males de su amo. Lo acomodé bajo el techado que usaba para poner a cubierto la leña cortada, por entonces vacío, y amontoné junto a él abundante heno, porque no le dañasen las humedades de la noche.
Al alba la fiebre remitió, como yo esperaba. Aunque muy fatigado, el caballero estaba lúcido, y así me habló:
-Tantas bendiciones como mereces, noble leñador, no podré darte. Grande fué tu esmero en los sagrados deberes de la hospitalidad. Gracias de todo corazón. Cuando te ví salir de la oscuridad, como nacido del mismo bosque, pensé que mi hora había llegado, pues mi camino estaba perdido, y mi ánimo, muy lejos. Malo es huir en la noche, con las fiebres en el cuerpo y en el alma.
-¿Huir has dicho? Ah, ahora comprendo lo agitado de tu carrera; pero no temas, huésped, mi hospitalidad será la misma, huyas de quien huyas.
-Entonces, ¿No viste dos jinetes que me seguían en la noche, dos jinetes con capa roja y negra y la sed de la sangre pintada en la cara? Ay, buen leñador, no me equivoqué antes cuando dije que grande fué tu esmero en cobijarme, pues ahora tú mismo eres reo de esos dos lebreles. Muchas jornadas a caballo hace que me siguen, y de seguro ahora estaría en usu manos si no fuese por el destino que guió tu mano generosa hasta mí. Pero, ¿Cómo es posible que no hayan visto la cabaña? ¿Cómo no estamos ahora ambos bajo sus espadas? Sin duda, amigo, estás bajo la protección de las deidades de estos bosques, que nublaron la vista de nuestros enemigos cuando pasaron por aquí; y y sin duda también están protegidos quienes tú proteges. Me considero por tanto, doblemente afortunado.
Así habló el caballero a pesar de la fatiga que lo postraba. Pero ya un estello de sol, filtrado entre las hojas de los grandes castaños que rodeaban la cabaña, le caía sobre el rostro; y su rostro estaba sereno, aún me pareció que sonreía. Así le hablé:
-Cierto es que procuro coger leña de ramas agostadas o desgajadas por las bestias. Cierto es que de la caza no tomo más que lo imprescindible para mi alimento y pieles para guardarme de los grandes fríos. Cierto que desvío los cursos de los arroyos al final de la primavera, a fin de que todo el bosque se beneficie de su humedad; pero no hago todo esto por ganarme los favores de las deidades feéricas que habitan el bosque, sino por otra razón más simple: amo estos bosques como si fuesen parte de mí mismo. Pero ¿Qué estoy hablando como una vieja chismosa? No es tiempo de parlotear ni de dar gracias ni de recibirlas, sino de reponer las fuerzas perdidas.
Y así diciendo, calenté en un puchero un poco de caza que tenía preparada. Y el aroma alegró el estómago de mi huésped.
Así como hubo comido y bebido, el caballero prosiguió:
-Me has mostrado que respetas todas las formas en cuanto a hospitalidad se refiere. También me has hecho ver que eres hombre sensato y ecuánime, a juzgar por como cuidas de este tu bosque; y además de esto veo también que eres discreto, estimable virtud, porque hasta ahora no me has preguntado ni quién soy, ni porqué era perseguido, ni de dónde he llegado.
'' Te diré por tanto que nací y viví en las tierras de Peledángor, aunque sin duda aquí no conocéis ese nombre. Peledángor es la gran llanura que se extiende tras las montañas de Hierro, que a su vez se yerguen a siete jornadas a caballo desde aquí, dejando el sol poniente a la siniestra. La llanura es fértil, aunque un poco más fría que estas tierras adonde he llegado, según oí de ellas. Las gentes allí son de baja estatura; yo era alto entre los altos, aunque apenas supero tu talla. Hablan la misma lengua, pero con diferente entonación, como puedes apreciar.
Interrumpí sus palabras, pues recordé algo que durante la nocheme me hizo pensar:
-Dime, huésped. Esta pasada noche, en tus sueños turbados, nombraste repetidas veces algo, una palabra, que aunque no tiene significado para mí, me conmovió profundamente, como si un eco despertase en mi interior lejanísimos acordes, ya olvidados. No consigo entender la razón de esto, por eso, dime, ¿Qué es Chei-Latuan?
Pareció inquietarse un momento, pensando que quizá en sueños hubiese revelado algo que hubiera callado en vigilia; pero al oir el nombre de Chei-Latuan perdió la vista en los maderos del techo y pareció meditar un instante, como si sus pensamientos discurriesen muy lejos.
-Sí, Chei-Latuan. Es una leyenda antigua que existe en mi país. Peledángor limita a oriente con un bosque muy profundo y espeso, en el que apenas nadie se aventura. Pues bien, las gentes que pueblan los límites de la espesura afirman que algunas noches puede oirse, en lo recóndito de las veredas, el grito de Chei-Latuan. Él es, dicen, el Espíritu del Bosque. El es el Quinto Avatar del Gran Hijo del Tigre, que hace mucho tiempo rigió todas las tierras, cuando el mundo era jóven. Cuando en la noche se oye este cántico, todos los sonidos de la selva nocturna, incluida la humilde voz de las ranas, cesa, porque Chei-Latuan relata el Destino del Mundo. Hay qien dice que, habiéndose internado demasiado en ese bosque, en busca de animales exóticos y plantas legendarias, han visto un ser fantasmal, que se movía con gran rapidez en la espesura. Era, dicen, como un ser humano desnudo, pero con su piel oscura cruzada con rayas, como si de un tigre se tratase. Apenas se le vé, desaparece y no vuelve a mostrarse. Todos los que dicen haberle visto regresan a sus hogares con un gran pesar en el espíritu. No suelen sobrevivir mucho tiempo, enfermando de un mal, como una melancolía, que ni sabio ni brujo pueden remediar. Por eso Chei-Latuan es, en mi tierra, nombre de desgracia y muerte; pero ésto sólo es una leyenda. Ignoro porqué lo he nombrado en sueños. Nada más sé decirte.
-¿Qué hay más allá de tu rierra?
-Más allá de la frontera norte se divisan los grandes Pilares de Moudon; demasiado simétricos para ser naturales; demasiado grandes para ser hechos por manos humanas. Más allá aún, está el Mar.
-¿El Mar?
-Yo no lo he visto, ni he visto a nadie que lo haya visto. Pero viajeros osados, que han viajado más allá de los pilares de Moudon, dicen que, detrás del último confín, allí donde el Sol no se mueve por el cielo como en nuestras tierras, ruge y se mueve el Mar. Malo es también oir su murmullo; quien se ha sentado a los bordes de la Gran Agua; quien ha oido los cantos de los grandes pájaros que pueblan los huecos de las rocas siempre húmedas, ya no piensa sino en regresar allá, aunque sea a costa de dejar sus bienes y su familia, para vivir siempre junto al mar; y así debería ser que sus orillas se vieran llenas de gente que hubiera acudido a su llamada; pero aquellas son tierras duras, y con dificultad mantienen a quien las trabaja. Por eso, en mi tierra se dice: "Cuidado si en medio de la noche, entre el soplar del viento de Norte, cree tu oído escuchar el sonido del Mar, porque mal fué de los que tomaron ese camino".
Algunas de estas cosas que dijo mi huésped me conmovieron de manera tal, que ya no era mi ánimo el de saber mucho más. Las razones por las que huía se me antojaron fútiles, y ya no temí de los caballeros de rojo y negro contra los que él me previniese. Un día más permaneció en mi cabaña, y así como mis cuidados le permitieron ser dueño de todas sus fuerzas, siguó su camino y no lo ví más.

Aquel plácido otoño, y el invierno siguiente, transcurrieron de manera tranquila. las trampas fueron productivas y me permitieron vender algunas pieles en el Valle, pese al miedo de irritar a las deidades feéricas. Yo ya casi había olvidado a aquel caballero que por dos días habitó mi cabaña, pero no podía olvidar la extraña inquietud que me causaron los relatos de sus tierras. Más de una noche me desperté sobresaltado. Soñaba hallarme a las orillas del gran Mar. Húmedas estaban mis ropas y mis cabellos, como húmedo era el viento que soplaba desde el sol ponieste. Ante mí, un gran navío luchaba por alzarse contra la fuerza de las olas, que querían arrojarlo a la costa. Entre sus terribles mascarones y emblemas, ví hombres rojos que intentaban conjurar las fuerzas naturales; aquellos, arriando una vela; éstos, tirando de una barra de dirección. Despertaba siempre cuando el navío estaba por desaparecer tras las olas más altas.
El Valle sabía que se acercaba la primavera cuando caminé hacia el Norte. Lo sabían los humildes musgos que asomaban por entre las grietas de los viejos toneles. Lo sabían las tórtolas, en sus palomares llenos de murmullos; y hasta las pequeñas orugas verdes, que habitaban bajo las ramas de los árboles más jóvenes, ansiosas ya de poder volar.
Recosí mis mejores botas de camino; tomé un manto de los que usaba en las noches más duras del invierno, y un buen día, al despuntar la aurora, con una saca de comida al hombro, abandoné la cabaña, pero en vez de tomar el camino del Valle como solía, seguí el sendero ascendente que se adentraba en el bosque.
Caminé todo el día; y aún de noche caminé. Transpuse el límite más allá del cual no le es dado crecer al abeto rojo. Altos arrbustos y zarzas espinosas jalonaban el cada vez más borroso sendero, que avanzaba ahora entre rocas. Cuando la oscuridad se hizo completa, busqué un refugio entre las rocas y cené poco y sin fuego. me arrebujé en mi manto contra el fondo de la oquedad y mi sueño fué intranquilo, pese a que una lechuza veló toda la noche en lo alto de la roca.
Me despertó la luz del nuevo día; la lechuza ya habíase marchado. El mundo, contemplado desde aquella altura, parecía oscuro, pues apenas se distinguían los detalles del valle. Seguí mi camino.
En los días siguientes transpuse las montañas y descendí a la llanura posterior. Muy vaciías están esas tierras, donde ni siquiera bestias o fieras parecen hallar cobijo. Los senderos eran borrosos, pero yo apenas si los necesitaba, porque mi dirección era invariable; dejando a la izquierda el sol poniente. Al cuarto día de mi viaje por estos campos baldíos, cruzé mi camino con el de un jinete que apareció por levante. Intenté conversar con él, pero nuestras lenguas eran muy diferentes y fué difícil, aunque creo que dijo que era arriesgado viajar a pie por tan solitarios parajes; e incluso creo que llegó a ofrecerme su vigorosa montura para cabalgar junto con él fuera de aquellas tierras. Pero nuestros caminos eran distintos y ni siquiera pude saber cual era su origen o su patria, o cual el objeto de su viaje. Nos separamos con signos de amistad y buenaventura, que no precisan de lenguas para hacerse entender. Aquella noche oí lobos que aullaban en la dirección en la que se había perdido el jinete, y rogué al Destino por él. Tuve miedo, y quizá en algún momento, lloré.
Semanas más tarde, cuando ya a la caída de las noches veía estrellas que no me eran familiares, divisé las blancas cumbres de las Montañas de Hierro. A sus pies encontré un eremita que habitaba una humilde choza, y me dijo ser hábil en el trabajo del cuero. Me habló de las tierras que existían tras las montañas de hierro, que llamaban, dijo, Peledángor, como yo ya sabía. Me indicó cuáles raíces de las que se daban en aquellas tierras eran buenas para comer, y cuáles no. Me indicó, además, formas de cazar la fauna local, de la que necesitaría para cruzar las montañas. También era sabio en la ciencia de las plantas curativas y de extraños efectos. Me mostró una hoja, thyánomas la nombró, que según dijo, aliviaba y hacía desaparecer el cansancio de un largo viaje, y devolvía al caminante los ánimos del primer día de marcha; aunque tampoco era bueno abusar de ella, porque si bien anulaba el cansancio, no daba energía, haciéndose mucho más patente la fatiga al desaparecer el efecto de la hoja. Me señaló algunos pasos fáciles de las montañas, pues como le dije, estaba dispuesto a cruzarlas. Me mostró su arte restaurando mis botas, que tras la caminata, empezaban a estropearse.
Maestro en pieles, le dije al marcharme, si todos los que pasan por aquí son tratados como yo lo he sido, entonces sin duda tu nombre es recordado y bendecido en boca de muchos viajeros que por todas las tierras marchen; lo cual en sí no es pago suficiente a tu buen empeño. Pero poco puedo darte, pues salí de mi tierra sin riquezas en la saca. He compartido contigo mis pobres conocimientos en la ciencia de las plantas, a la cual pareces devoto, y aún así pienso que me marcho de aquí gravemente endeudado contigo. Quizá algún día, si regreso, pueda corresponderte como mereces.
Y así diciendo, dejé la cabaña del eremita talabartero, y emprendí el cruce de las Montañas de Hierro. Luego, más tarde, volvería a verle, y una noche junto al fuego me contaría porqué dejó todo cuanto tenía en Peledángor y se trasladó al otro lado de las Montañas. Pero eso ya es otra historia...
Traspuse las Montañas de Hierro siguiendo los consejos del talabartero. Seguí sus rutas, y resultaron acertadas. Al quinto día, cuando franqueé el último de los pasos, en los cuales se acumulaba la nieve, a pesar de lo avanzado de la estación estival, hacia Septentrión ví la gran llanura de Peledángor dilatarse hasta el infinito. Era una mañana excepcionalmente clara, y el fuerte viento de poniente había arrastrado todas las calimas del aire. Miré por tanto, y ví una tierra muy llena de verdor. Era plana, en efecto, excepto a Levante, donde el bosque de Nethbär cerraba la húmeda región de Nethborn, en la que se apreciaban unas elevaciones del terreno, estribaciones, sin duda, de un brazo de las grandes Montañas de Hierro, que se separaban de la cadena principal formando un arco.
En la lejanía, a una distancia inconmensurable, donde ya apenas si la vista me alcanzaba, ví cinco pilares en forma de pirámide, a iguales distancias separados. Me aterró su tamaño, que debía ser enorme, pese a que la distancia me los hacía parecer diminutos. Supe que eran los Pilares de Moudon.
De mis pies nacía un sendero, casi oculto por la vieve. Lo seguí fielmente y me llevó sin grandes rodeos hasta la llanura, a la que llegué tras dos días de descenso sin incidentes. Estaba en Peledángor.
Poco contaré de lo que acaeció durante mis primeros días en Peledángor. Toda la llanura, tierra fértil, estaba salpicada de pequeñas aldeas, que vivían de lo que daban sus tierras, y del intercambio de lo poco que éstas excedían. Me era fácil encontrar cobijo en cualquiera de estas granjas, donde las gentes sencillas estaban ansiosas de oir noticias de tierras de más allá de las montañas, y con frecuencia comía de su mismo caldero, y dormía en algún arrinconado jergón, a cambio únicamente de un poco de charla. Cuando alguno me preguntaba por el objeto de mi viaje, yo me ponía silencioso y miraba a Levante.
Pululé por Peledángor por muchos días sin ruta definida; o al menos, eso pensaba yo. Pero una buena mañana me encontré a orillas del río Neth, más allá del cual comenzaba la húmeda región de Nethborn, cerrada a su vez por el gran bosque de Nethbär, en el último confín de Peledángor. Apenas media jornada río arriba encontré un gran puente que unía ambas márgenes, y por el que salían de Nethborn carretas con pasto estival recién segado.
Fácil será, para quien lea estos viejos pergaminos, adivinar dónde me condujeron mis pasos, en apariencia erráticos. En efecto, días más tarde me encontraba ante la misma linde de Nethbär.
Conforme me había ido acercando, el recuerdo de la leyenda que un día me contó aquel caballero, se me había ido avivando, y ahora allí, delante de aquellos inmensos árboles, cuyas ramas más altas casi se perdían en las nubes, ante aquella transparencia arbórea teñida de azul, el nombre de Chei-Latuan, el Quinto Avatar del Hijo del Tigre, retumbaba como un latido dentro de mi cabeza.
Creo haber visto en aquel instante una montaña. Una gran montaña que parecía flotar, con su base cubierta de brumas y vapores, más allá del confín del bosque; una montaña terrible, cuyo recuerdo me perseguiría más allá de sueños y realidades.
¿Dónde estás, Chei-Latuan?
Un antiquísimo eco ancestral tiraba de mí hacia el pavoroso bosque. Sentí miedo, deseos de huir de allí, como si en el corazón de aquella floresta se me pudiese revelar una realidad terrible. Pero también supe que no podía huir. La llamada de Chei-Latuan, el espíritu del bosdque, era demasiado intensa; tenía que obedecerla.
Como un pelele avancé entre los primeros arbustos. Ya no era dueño de mí, una fuerza misteriosa tiraba de mis pies, guiándolos por senderos invisibles. ¿O quizá era que yo seguía esos caminos porque los recordaba, porque habían sido implantados en mi mente mucho tiempo atrás?
¿Dónde estás, Chei-Latuan?
No recuerdo muy bien lo que aconteció aquella jornada. Lo que sí recuerdo es que en cierto momento recuperé plena conciencia de mí mismo. El paraje donde me hallaba era oscuro y recóndito, con grandes helechos como árboles que tamizaban la luz del sol, ya baja en el cielo. La presencia de la selva era algo casi tangible. Sentí como si cada hoja, cada corteza de tronco, cada hebra de musgo, cada insecto volador o repante, cada gota de esencia, espiasen mis movimientos. Sentí la indefinible sensación de que alguien miraba fijamente mi nuca; me volví de repente, esperando encontrar alguna gran fiera al acecho; pero apenas tuve tiempo de ver una sombra que se escondía tras una gran roca.
Atenazado por incontenible inquietud, me acercé y miré tras la roca; de nuevo la sombra acababa de ocultarse, esta vez bajo una masa de helechos bajos.
El inquietante juego prosiguió, hasta que en una de las huidas la sombra me llevó hasta el remanso de un arroyo que discurría por una garganta. Entonces miré en la superficie quieta del remanso y lo que ví reflejado en ella me hizo gritar, y de mi garganta brotó un grito único, arcaico, contínuo, primigenio.
Porque allí, en la superficie del agua, ví mi rostro. Y mi rostro tenía el pelo largo y enmarañado. Y los ojos, del todo negros, eran completamente rasgados. Y la piel color oscuro se veía atravesada por unas enormes y onduladas franjas negras.
Y mi grito primigenio se elevó en la selva.
Y las fieras corrieron a esconderse en sus cubiles, y los pájaros todos dejaron de cantar. Y allá fuera del bosque, en las aldeas de Nethborn, las gentes sencillas, ya en sus lechos, se dijeron: "Esta noche Chei-latuan ha despertado de nuevo. Durmamos sumidos en aprensión y congoja".
Porque en verdad, era el grito de Chei-Latuan; era la Voz del Espíritu del Bosque.
Ignoro cómo salí de allí. Creo recordar el haber corrido a trvés de la selva nocturna gritando como un demente, durante toda la noche. Pero he aquí que al amanecer me encontré de nuevo en el límite del bosque. Aún hoy me pregunto si no fué todo una extraña alucinación, provocada sin duda por los efluvios aromáticos que ciertas plantas exudan, y que debían crecer por allí.

Cuando caía el otoño, volví al Valle. Regresé por senderos extraños, de los que no hablaré aquí ahora. Intacta encontré mi cabaña de troncos de abeto rojo, al borde del mágico bosquecillo de los árboles de plata. Bajé hasta la aldea del Valle, pero apenas nadie había notado mi ausencia.
Una noche, camino de las colinas, me detuve frente a la ventana de una cabaña que me pareció vacía. La ventana estaba abierta, y obedeciendo un impulso que no consigo explicar, salté dentro.

Una vez dentro, me vuelvo a mirar a través de la ventana. La M-30, con su contínuo y lejano rugido, domina todo el panorama. Si al menos no viviésemos en un quinto piso, no nos llegaría tanto ruido. A través de la puerta cerrada de mi habitación percibo los ruidos familiares de la casa; el telediario de las nueve; la discusión de mi hermano con mi madre; el timbre del teléfono. Apenas debe faltar un rato para la cena. Es mejor que estudie Electroacústica. Quizá ahora sí consiga concentrarme.

Soy un ser anacrónico.
Debí haber nacido hace siglos.
Añoro lugares donde nunca estuve.
Echo de menos seres que nunca conocí.
¿Porqué mi alma sueña con bosques profundos, con la cumbre nevada de un monte, con las orillas de un mar tormentoso, si tengo que vivir en un laberinto de hormigón y asfalto, entre el humo y el ruido de monstruos de metal, en un mundo decadente, artificial, agresivo, falso, psiquiátrico, desnaturalizado, consumista, un mundo que nos cierra las puertas a la realidad más esencial, un mundo en el que ni siquiera es posible encontrar la verdadera identidad? No puedo renunciar a la esperanza de abandonar todo cuanto ahora me rodea, de alcanzar ese extraño y hermoso mundo que un día soñé a través de mi ventana. Sé que caminaré algún día entre el bosque sagrado de los abedules de plata; tengo la certeza de que pisaré Peledángor.
Y más lejos, en la cumbre de aquella montaña que se alzaba en el confín del mundo, debe haber un Gran Santuario. Yo vi sus torres destellar contra el sol del atardecer. Allá arriba, el viento debe ser aún salvaje. Sé que un día caminaré hacia la montaña y pisaré aquel sagrado lugar. Quizá entonces me devore el fuego de Chei-Latuan, que sin duda habita en sus atrios, y caiga, aniquilado como una pequeña pavesa.
Pero si sobrevivo, entonces poseeré una Gran Ciencia.

Madrid, Noviembre 1984
Ferrol, Septiembre 1986

domingo, 18 de abril de 2010

Requiem por Johny Bacterio

Menos para dos personas en este mundo, lo que viene a continuación no tendrá ni pies, ni cabeza ni sentido. Cada uno tenemos nuestros propios abismos... He dudado si publicarlo, pero me decido porque tiene como un destello de misterio, de magia, de genialidad, y por extraño que parezca, debe existir un cierto sentido en el simple hecho de que exista.
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Hoy, nueve de Marzo de 2010, a eso de las siete y media, Johny Bacterio, mi otro avatar en Facebook, dejó de existir. Borré su perfil en Facebook. Las razones que motivaban su existencia, de repente desaparecieron, y por lo tanto, su existencia dejó de tener sentido.
Dondequiera que estés ahora, Johny, perdóname. En el corto tiempo en que nos conocimos fuiste mi confidente, un hombro en el que llorar. Te confié mis miedos y mis esperanzas, y te encomendé una misión. Pero antes de que pudireas cumplirla, te aniquilé. Mal te he pagado, la verdad. Tuve que hacerlo. Por lo menos te debo este réquiem.
Johny empezaba a tener comporamiento y pensamiento propios. Eso me gustaba. Se expresaba con soltura y espontaneidad, cosa que a mí me cuesta bastante.
Antes de desaparecer, me preguntó si eso era la muerte, y si le dolería. Le contesté que no lo sabía a la primera pregunta, y que creía que no a la segunda.
Se despidió con un pensamiento certero y agudo como todos los suyos. Cuando yo clickaba el botón de Eliminar. me dijo: "Si, como dices, soy tan sólo la lucubración de una mente que existe en otro plano, ¿Cómo puedes tú estar seguro de no ser lo mismo?"
Aún ahora sigo dándole vueltas a eso.
La misión que no pudo cumplir seguramente quedará para siempre sin ser cumplida.

Experiencias místicas, o quizá no tan místicas

Sacado de mis "Autoentrevistas". Escrito hacia 2006.

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Creo que ya es hora de que hable de eso. aunque me parece que va a ser un poco difícil. El adjetivo que más se le acerca es “inefable”, esto es, que no puede ser expresado con palabras. ¿Como describir algo que no puede ser expresado con palabras? Parece que la única forma es mediente imágenes alegóricas. Es además muy curioso que no fue una experiencia sensorial, en el sentido de que no experimenté singuna sensación reportada por los sentidos; si acaso, por un sentido interior. La descripción que por tanto, repito, debe ser puramente alegórica, pues la experiencia fue completamente interior.

Tenía yo dieciocho años y estaba en la cama. Era viernes por la mañana, primavera; no recuerdo la fecha. Hacía unos minutos que había despetado y la casa estaba en silencio. Por alguna razón que no recuerdo, aquel día no iba a ir a clase. El sol había salido hacía rato y se filtraba por las rendijas de la persiana, proyectando puntitos de luz sobre la pared.

Entonces, fue como si el Cosmos se abriese por la mitad. Un gigantesco estruendo mudo, un estallido titánico, que no produjo sonido. Millones de estrellas y de galaxias brotaron con la explosión, lleandolo todo.

Mi mente se expandió, hasta ocuparlo todo. Me fue dado un gran Saber. Todos los círculos se cerraron, y todas las preguntas tuvieron su respuesta. Las ecuaciones encontraron sus soluciones, y todos los efectos conocieron sus causas. Me pareció saberlo todo, conocerlo todo, verlo todo, estar en todas partes a la vez, hablar todas las lenguas. Si en ese momento alguien me hubiese hecho cualquier pregunta, por compleja o difícil que fuese, la habría contestado correctamnte y sin vacilar, o al menos, así me parecía.Este sentimiento fue acompañado de una dulce euforia, como nunca antes había sentido. No tuve ningún miedo: aquello no podía ser malo. Aún aunque hubiese sido la muerte misma, no podía ser malo, y me abandoné a la sensación. La sensación de volar, de estar en todos los sitios, de verlo todo desde todos los puntos de vista, de comprenderlo todo al fin.

La sensación duró menos de un minuto. Intuyo que no puede durar mucho más una sensación así. Posiblemente, la mente no lo soportaría sin caer en la insania. Como un motor que se quema si lo sobrerrevolucionamos durante demasiado tiempo.

Pienso que una experiencia así, aunque breve, puede condicionar el resto de tu vida. Yo mismo he pasado mucho tiempo intentando explicarlo. Entiendo que una experiencia como esta, lo suficientemente intensa, y experimentada por alguien que tenga convicciones religiosas puede ser interpretada como una revelación mística. En la novela de ficción El Eterno Regeso a Casa, Ursula K. LeGuin ofrece una narración de una mujer (Picamaderos, visionaria de Chukulmas, creo recordar) que tiene una de estas visiones, muy intensa y llena de imágenes, y luego pasa el resto de su vida intentando hallar un sentido a lo experimentado, intentando interpretar las visiones, intentando dar un registro escrito a todo lo que durante un lapso de tiempo pasó ante los ojos de su mente. La experiencia podría ser más habitual de lo que pensamos. El doctor James Austen, neurólogo estadounidense, describe una experiencia casi exactamente igual a esta. Se produjo además, de manera espontánea.

En 1998, Austen desarrolló en su libro El Zen y el Cerebro, teorías según las cuales, sensaciones de disolución del yo se deben a la desconexión o desaparición momentánea de acividad en determinadas áreas del cerebro. Dedujo que, para que se disolviesen el tiempo, el miedo y la conciencia del yo tenían que haberse interrumpido algunos circuitos cerebrales. ¿Cuáles? La actividad de la zona que supervisa los peligros y acusa el miedo, se debe de haber inhibido. Los circuitos del lóbulo parietal, que determinan la orientación espacial, y establecen una nítida distinción entre el yo y el mundo exterior, deben haberse detenido. Los circuitos de los lóbulos frontal y temporal que regisran el tiempo y generan la conciencia del yo, deben de haberse desconectado.

sábado, 10 de abril de 2010

EL EXTRAÑO PODER DEL SUBCONSCIENTE

Ésta es una entrada de mi diario escrita en el año 2001. La escribí varios dias después de que sucediese, intentando ser fiel con la realidad al máximo. Es algo que da que pensar, y yo mismo le he dado montones de vueltas desde entonces.

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01-06-2001
Aquella tarde libre, fui a explorar un castro (yacimiento arqueológico) que hay en el concello de Padrón, en el lugar de Buxán. Era una tarde soleada, aunque algo fresca. Iba solo. Llevaba, como siempre, mi bolso de bandolera, cámara de fotos, hojas cartográficas, bastón de camino, etc. Equipado para monte, vamos.
Dejé el coche como a medio kilómetro del asentamiento, en una pista forestal. Tenía bastantes ganas de patear monte, pues hacía bastante que no salía, y me empleé a fondo. La croa era bastante visitable, pero en algunos puntos tuve que despejar maleza para poder pasar. Paré a descansar un rato más o menos en el centro de la croa, y luego continué hacia las defensas (murallas), con la idea de rodear el recinto por ellas, si fuese posible. Fue posible caminar por lo alto de la muralla un buen trecho, por su parte este, hasta que la maleza, que allí ya eran árboles, me impidió el paso.
Tuve que descender por el talud de la muralla, para seguir por el foso y la parte exterior. Di un pequeño resbalón y rodé talud abajo como un par de metros, con bolsa, bastón y todo. No me pasó nada. Me sacudí un poco y seguí caminando.
Hacia la parte noreste, descubrí lienzos de muralla perfectamente conservados, con aparejo poligonal visible de más de dos metros de alto. Impresionante. Despejé con el bastón todas las silvas que estorbaban e hice un par de fotos, para el archivo. Seguí caminado por el exterior del recinto, siguiendo la muralla, hasta llegar al punto por donde entré al recinto, que a todas luces podría ser la entrada original del castro. Me detuve allí otro rato, y como la tarde iba cayendo, emprendí el regreso al coche.
Entonces, al llegar al coche, lo eché en falta. Mi jersey. Llevaba mi viejo jersey de monte en la bolsa bandolera, pero lo saqué porque abultaba bastante, y lo llevaba pillado con la banda de la propia bolsa. Lo había perdido. No era ni mucho menos una gran prenda: Un jersey de fibra comprado en Cortefiel, Coruña, hacía muchos años, pero le tenía cariño porque lo había llevado en muchas excursiones y salidas. Me dio rabia y volví a buscarlo. Llegué hasta el centro de la croa, al sitio donde había estado descansando, pero allí no estaba. Miré en derredor, intentando calcular... Me llevaría más de una hora recorrer todo el camino de nuevo, para buscarlo. ¿Dónde diablos me habría quedado el jersey? Hice un esfuerzo, intentando recordar. Pero no lo conseguí. Empezaba a hacer frío, y ahora no tenía jersey. Regresé al coche. Empecé a darle vueltas a la cabeza: "Mi jersey... mi querido y viejo jersey". Desde el punto de vista consciente, hasta casi me daba rabia darle tantas vueltas, pues no era más que una vieja prenda ya amortizada. Sólo tenía que comprar un buen jersey, o destinar para monte algún otro a medio uso, y ya está. Pero mi subconsciente seguía dándole vueltas al jersey. Como una rabia interior... Mi jersey... Al final me esforcé en olvidar completamente el asunto, pues no tenía ninguna trascendencia. Y me olvidé del jersey. O al menos eso creía yo.
Pasaron tres días y no volví a pensar en ello. Al cuarto, me levanté en Santiago para ir al trabajo. En el cuarto de baño me estaba cepillando los dientes mientras pensaba en las cosas que la jornada de trabajo me iba a deparar, y de repente, sin previo aviso...
Sé que parecerá increíble, pero en un instante mi imagen en el espejo se borró, y fue reemplazada por otra. Ahora sé que puedes tener una cosa delante de los ojos y sin embargo, ver otra. El cepillo de dientes me cayó de la mano. Lo que vi en el espejo era mi jersey. Estaba como a dos metros de mí, colgando en la rama de un tojo, entre la maleza. Yo conocía ese sitio. Era el talud donde resbalé. El jersey estaba a medio talud, en un tojo, según se baja a la derecha. Debió de quedar enganchado en el tojo durante el resbalón. La imagen en el espejo duró apenas un par de segundos, y de nuevo me vi otra vez, con la boca llena de pasta y el cepillo caído en el lavabo.
Aquel dia en el trabajo estuve nerviosísimo, no daba pie con bola. Al final de la jornada fui corriendo a casa, cogí lo imprescindible y tiré hacia Padrón. Dejé el coche en el mismo sitio, y con los nervios a flor de piel, corrí monte a través hasta el sito que vi en el espejo. Lo hubiera encontrado con los ojos cerrados. Allí, desde lo alto del arribón, vi el jersey. Estaba como a dos metros de mí, en la rama del tojo, a medio talud a la derecha, exactamente, repito, exactamente como la imagen del espejo. Bajé por el talud y cogí el jersey. Lo estreché contra mi rostro, temblando, y casi sollozando. ¿Cómo algo así pudo desencadenar semejante respuesta emocional? Creo que lo que más me impresionó fue ver de nuevo el fotograma que apareció en el espejo, allí desde lo alto del talud. Pero yo sabía que iba a ser así. Lo sabía , estaba seguro. Lo alucinante, lo increíble, sería que el jersey no hubiese estado allí. Porque yo lo había visto, a través del espejo.
En esos tres días había llovido, y el jersey olía a humedad. Pero lo lavé y quedó como si nada. Tengo claro que nunca me desprenderé de él.
Necesito dar una respuesta racional a los fenómenos. Mi hermano, por ejemplo, explica este fenómeno recurriendo a la teoría de los universos paralelos, según la cual -me dijo- las cosas no suceden en este universo de una manera unívoca, lineal. Esa es la impresión, la interpretación que nuestra consciencia hace de "algo" que hay ahí fuera y que llamamos realidad, a falta de un vocablo más afortunado.
No acabo de ver clara esa explicación. Me inclino a pensar lo siguiente: Todo lo que es captado por los sentidos va a parar al cerebro. El cerebro filtra esa información de manera casi instantánea (todo esto es ciencia, no me lo estoy inventando), pues no podría manejar semejante cúmulo de datos sin volverse loco. Guarda lo más importante en un repositorio a medio plazo -minutos o quizá dias- que es lo que podemos recordar, y finalmente, si la información no se necesita más, es olvidada, salvo que el evento sea muy importante o traumatizante, en cuyo caso se guarda en la memoria a largo plazo, y dura para siempre. Si el suceso es muy, muy traumatizante, el cerebro hace al revés, lo olvida, pero para protegerse (traumas psíquicos severos). La idea es que toda esa información, por raro que parezca, no se pierde, sino que queda archivada, almacenada en algún punto de la mente. No podemos recordarlo conscientemente, pero el subconsciente tiene acceso ahí. En el caso del jersey, para mi consciente era poco importante, pero para mi subconsciente era importante, y no estaba dispuesto a perderlo. Le llevó tres días repasar toda la información relacionada hasta que dio con la respuesta, y se la lanzó al consciente, justo cuando yo miraba al espejo. Cuando resbalaba por el talud, mis ojos debieron captar, acaso durante una décima de segundo, o menos, cómo el jersey se quedaba en el tojo. Secuencia demasiado breve para que el consciente la captase, pero el subconsciente la encontró.
Pero hay algo que no me acaba de cuadrar. La imagen que vi en el espejo era desde lo alto del talud. El jersey ya estaba en el tojo. Cuando pasé por allí la primera vez, mis ojos no pudieron captar esa imagen, pues en aquel instante el jersey estaba aún pillado en la cinta de la bolsa. La imagen del espejo era exactamente la que tuve desde lo alto del talud, cuando fui a buscar el jersey.
¿Pudo mi subconsciente, en el momento de mirar el espejo, "horadar" el futuro y darme la imagen que mis ojos captarían tres dias después? Casi se acerca más a la explicación que da mi hermano. Creo que nunca resolveré el misterio. Pero tengo mi jersey guardado en un cajón.