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....Cabalgué a lomos del Dragón. Y él volvió hacia mí sus enormes ojos color violeta. Y me sonrió.




lunes, 19 de julio de 2010

2001 Una odisea del Espacio: Reflexiones sobre A. C. Clarke

Sobre el año 2002, un colega mío publicó en la revista Antena (órgano del Colegio de Ingenieros Técnicos de Telecomunicación)un artículo acerca de la película "2001 odisea del espacio" y en general sobre la obra de A. C. Clarke. No me resistí a contestarle comentando su artículo. Nuestra relación epistolar se interrumpió desde entonces. Quiero pensar que no fue por mi contestación. Creo que mi crítica es constructiva.
Hoy día, me parece sorprendente que pudiese sencillamente sentarme delante de un teclado y así, a pelo, "soltar" todo lo que viene a continuación, sin documentarme ni nada. Creo que hoy no sería capaz de algo así.
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Hola, Jose Manuel. ¿como estáis? Nosotros bien, gracias a Dios.
Te felicito por tu último artículo aparecido en ANTENA. Me ha parecido muy ameno.
No obstante me gustaría hacer algunas observaciones sobre tus comentarios a "2001", con la autoridad que me da el hecho de haber leído la casi totalidad de la obra de A. C. Clarke, aunque no tengo ninguna otra bibliografía al respecto.

Es cierto que la semilla del guión de 2001 fué el relato corto "El centinela", escrito en 1948; si bien, simultáneamente a la confección del guión cinematográfico el propio A. C. Clarke escribió en paralelo la novela "2001 Odisea del Espacio" como obra independiente.
Clarke no pretende ser un profeta. La obra, el conjunto de su obra, no es de anticipación, sino de ciencia-ficción, y de la buena. Ciencia; porque plantea unos avances tecnológicos posibles (o en todo caso sospechables), al margen de que el ser humano los lleve a cabo. En la obra de Clarke, no aparecen escudos antigravitatorios, y las naves no pueden superar la velocidad de la luz. Si queremos gravedad en el espacio, tendremos que simularla, mediante una sección de la nave que gira sobre sí misma, o mediante la aceleración de la propia nave.
No hay nada en 2001 que sea tecnológicamente imposible. La hibernación de los humanos en la "Descubrimiento" es una especie de sueño inducido que reduce las constantes vitales del individuo hasta un mínimo adecuado, para que el largo viaje fuese llevadero; sería más bien como la hibernación de los osos.
Y es también ficción, por supuesto. No pretende decirnos como será el día de mañana, sino cómo podría ser. No lo que el ser humano hará con la tecnología, sino lo que podría hacer. Por supuesto, no pretende convencer ni anticipar que el origen de la inteligencia humana es una hechura extraterrestre. es ni más ni menos que parte del argumento de una obra de ficción.

Clarke cree en la tecnología, en el sentido que vé la tecnología como algo capaz de redimir al ser humano. En sus obras, la ciencia y la tecnología, surgidas de la mente del ser humano, lo elevan de sus humildes orígenes y lo proyectan hacia el Cosmos. Expanden su horizonte, su límite físico (Cita con Rama, Encuentro con Medusa) y por lo tanto, también su conocimiento y su espíritu.

Los grandes descubridores y pioneros que a lo largo de la Historia han dedicado -y a veces entregado- su vida a expandir el horizonte humano son homenajeados por Clarke. Von Humboldt, Cook, Colón, Darwin; son figuras que inspiran a sus protagonistas, a su vez pioneros en algo. Los nombres de sus naves, el "Endeavour", el "Beagle", el "Challenger", la "Santa María" son tomados por Clarke para naves espaciales en sus relatos; y aún la NASA tomó algunos de ellos ("Discovery", de 2001) para sus transbordadores espaciales, en un doble homenaje.
En la obra de Clarke, la tecnología no genera jamás armas de destrucción masiva. Aproxima al ser humano hacia su Creador, sea quien sea Éste (2001) e incluso salva a la Humanidad de catástrofes cósmicas (Partida de rescate, Cánticos de la lejana Tierra) ¿Es ésta una visión de anticipación? Por supuesto que no, y una mente tan lúcida como la de Clarke lo sabe perfectamente. Sólo es una hermosa ficción, y tecnológicamente realista.

El tándem Clarke / Kubrick funcionó de maravilla. Desde el punto de vista cinematográfico, el film es revolucionario por el uso de los grandes angulares, los planos fijos de larga duración y las tomas (sobre todo las del espacio) de movimiento muy lento.
La película es de un gran realismo técnico. Aquí se conbinó el afán perfeccionista de Kubrick, capaz de repetir innumerables veces una toma, hasta conseguir la perfecta; con la meticulosidad científica de Clarke, capaz de hacer complejos cálculos matemáticos, para determinar, por ejemplo, cómo debe aproximarse una nave a otra en el espacio. Ninguna toma en el espacio tiene otro sonido que no sea una música de fondo, pues desde luego en el espacio, al no haber aire, no se oiría nada. Tras visionar varias veces el film, se ponen de manifiesto éste y otros detalles sorprendentes para su tiempo.
Después de la exhibición de la película, muchos comentaristas preguntaban a Clarke por ella, en calidad de guionista, y sobre todo por el final. "No entendemos el final", le decían. A lo que Clarke respondía: "Es que el final no se entiende. Hemos intentado mostrar algo que está más allá del entendimiento humano. Su comentario indica que lo hemos logrado".

En cuanto a las "predicciones" de Clarke, la que más me ha impresionado a mí es la de Europa, el satélite de Júpiter. En 2010 Odisea 2, una mentalidad extraterrestre (la misma que aparece en 2001) preserva el satélite Europa de la intromisión del ser humano, pues bajo los casquetes helados de su superficie, en el océano líquido que hay en su interior, se está gestando una Vida que, aunque aún en estado primigenio, dará lugar pasados milenios a vida inteligente. Más de 15 años después de leer la novela, me entero que cinentíficos de la NASA han determinado que hay un océano líquido bajo la capa helada de Europa, y que no es desdeñable la posibilidad de que este océano albergue vida.

Es extremadamente dificil, estoy de acuerdo contigo, vaticinar sobre avances tecnológicos. Una red como Internet, fué predicha, antes de existir, en la novela El Juego de Ender, de Orson Scott Card. Interconectaba terminales de vídeo con teclado y servía para fines de educación y de comunicación personal por todo el mundo.

Mecanismos como la evolución biológica, el destino histórico del ser humano, la implantación de uno u otro avance tecnológico, están sujetos a tal infinidad de variables, que en la práctica es como si estiviesen regidos por el Caos; son imposibles de predecir.
Hoy día es difícil tener fe en la tecnología. Yo mismo, de más joven, pensaba que la tecnología adquiría la forma de una flecha orientada en el tiempo siempre de atrás hacia adelante, y cuyo objetivo era ayudar al ser humano a vivir cada vez mejor. La definición de ingeniería como "Actividad cuyo objetivo es hacer el medio menos hostil al ser humano" tiene mucho que ver con ésto, y en cierto modo esos criterios me impulsaron un día a estudiar una ingeniería. Hoy, pasados los años, he comprendido que el único fin de la tecnología es asegurar el rendimiento de las inversiones del socio tecnológico de turno, o del accionista. Es triste, pero es así. Sin pararnos a pensar en la tecnología que se impulsa, desarrolla o destina a usos militares. Sólo se desarrollará tecnológicamente aquello que pueda rentabilizar la inversión a corto plazo, si puede ser. O dicho de otro modo: lo que se pregunta la tecnología no es "qué es lo mejor para tí" sino "En qué estás dispuesto a gastarte el dinero". Estremece pensar cuantos avances tecnológicos positivos han quedado en el saco, porque no cumplían este principio. Creo que sería un buen argumento para un artículo.
Hoy día, y volviendo a tu artículo, no vemos hoteles en órbita, pero fíjate que ya ha habido "turistas espaciales" capaces de pagar una fortuna por darse un paseo por el Cosmos. Si consiguen bajar el precio del billete, el "Hotel Cósmico" pronto será realidad. Porque dará dinero.

Se podría hablar más del tema, pero temo aburrirte. Espero haber contribuido un poquito a tu acervo de información. Ah! y si te gusta la SF, sugiero que leas a Clarke.

viernes, 28 de mayo de 2010

Otro paseo por el Caurel

Similar esquema narrativo que la entrada del martes 4 de Mayo. Ésta contiene elementos narrativos (el perro, el camión) que le dan una emotividad peculiar. Todas las vivencias son reales, plasmadas tal y como las recordé.
Las fotos son del Caurel, aunque no fueron tomadas el día de la excursión.
El retrato no me lo hizo el perro: Usé un pequeño trípode.

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08-07-2003
OTRA EXCURSION POR EL CAUREL.

Son las 14:45 y he terminado mi trabajo en el C.R. Piedrafita, relacionado con acciones para el aumento de fiabilidad en la remota SST. Salgo del centro y como en la Venta Celta. Me gusta este sitio, aunque sólo tienen un plato único; o lo tomas, o lo dejas. A mí, el plato siempre me ha gustado. El café es de pota, me apunto a uno. Comen exclusivamente peregrinos de paso. Me gusta observar a los peregrinos. Se ve gente tan distinta, de tan variada procedencia, pero todos animados por la misma meta. Alguna vez he charlado un rato con alguno. Son, sin excepción, gente abierta, dispuesta a la charla.
Mi objetivo de hoy es la Devesa de la Escrita, en Paderne.
Tardo unos 45 minutos hasta Paderne; creí que estaría más cerca. Es casi 1/2 hora hasta Seoane, y después casi 20 minutos de allí a Paderne. La carretera de Seoane a Paderne pasa por Meiraos, Vilasibil y Miraz. Es muy bonita, y pienso que a la vuelta, si tengo tiempo, me gustaría meterme en alguna de estas aldeas. Me pregunto si alguien ha hecho un estudio acerca de la procedencia de los topónimos del Caurel. Me parecen muy originales.
A las 5 de la tarde, llego a Paderne. El día es caluroso, llevo en la bolsa un botellín de agua de 1/2 litro, que espero ir rellenando. Dejo el coche en la márgen de la carretera, y bajo a la aldea.Ya en las primeras casas, encuentro un perro echado en medio del camino. Es un animal grande, de pelo negro y largo. Se me ocurre que debe tener mucho calor. Me acerco a él con gestos de amistad, y se levanta meneando el rabo. Me sigue por el camino abajo. Vaya, así que parece que voy a tener un compañero de excursión.
Bajo por el camino, salgo de la aldea y cruzo el Río Pequeño (así se llama en la hoja cartográfica). El can no se separa de mí, y al llegar al río, no se lo piensa dos veces y se zambulle por completo. Le envidio, pues hace bastante calor; yo me conformo con mojarme el pelo. Luego sale, se sacude y vuelve al camino, tomándome la delantera. Oye -me gustaría decirle-, que sé por donde voy, aunque a ti te parezca que no.
El camino empieza a subir lentamente. Al fondo, la Devesa de La Escrita. Sólo estuve aquí una vez en mi vida, un día de septiembre hace ya más de diez años. Araceli, Agustín y Paquiño venían conmigo. Me acuerdo que, camino de la Devesa, Paquiño pisó en falso queriendo coger unas avellanas silvestres, y se cayó arribón abajo. Lo que nos reímos del pobre. En aquella ocasión, tan pronto como nos metimos en la Devesa, empezó a llover, y aunque mi idea era atravesar la Devesa por medio y medio (ahora lo pienso: qué burrada, habría sido casi imposible, aunque sólo fuera por lo escarpado del terreno) tuvimos que desistir, dar media vuelta y regresar. Hoy no va a llover. Me gustaría encontrar la Cova de Tras la Costa, aunque sé que es bastante difícil. Cuento únicamente con su ubicación en la hoja cartográfica 1:25.000, según coordenadas tomadas de la revista FURADA. Si las coordenadas son correctas, puedo encontrarla; si no, no.
A los 15 minutos de marcha, y según la hoja, es hora de apartar a la izquierda. En esto encuentro lo que parece un pequeño sendero, y me meto por él. Le doy una voz al can, que iba por delante de mí, y éste, al punto, da media vuelta y se mete también por el sendero, llevando de nuevo la delantera. Parece muy seguro de por donde va. Estoy asombrado. O mucho me equivoco, o esto parece un sendero de espeleólogos. El can no titubea, y va tan aprisa que a veces me cuesta seguirle; le conmino a que me espere. La subida es dura, y tengo que apartar los helechos con el bastón. Recuerdo que en una de éstas, resbalo y casi caigo en unos arbustos. Al apartarlos para levantarme, me encuentro de cara con un ramillete de fresas silvestres, pequeñas como garbanzos, de un rojo intenso. Casi sin saber lo que hago, me como al instante unas cuantas. Simultáneamente pienso si son fresas silvestres de verdad. Sí, no hay duda. Están sabrosísimas.
El can se impacienta porque lo siga, y se me ocurre que si me lleva hasta la boca de la cueva, hay que nombrarlo Can Espeleólogo de Honor, federarlo y llevarlo en las salidas.Finalmente, llego (precedido por el animal) hasta un lomo del terreno con una formación que se parece mucho al plegamiento donde se abre la Cova da Arcoia, y creo que por aquí podría estar la cueva.
Inspecciono el lugar rápidamente, sin resultado. El perro quiere seguir su camino, pero veo que tira más bien monte abajo, como queriendo llegar de nuevo a Paderne monte a través. Doy media vuelta, y el animal, comprendiendo de inmediato, la da también y regresamos al camino, aunque esta vez tuve que pasar de seguir al can, porque se metía por unos vericuetos que eran casi imposible de seguir. Al final, desisto, empuño el bastón y me abro a viva fuerza una vía entre la maleza, regresando al camino. Ahora, él me siguió.
De nuevo en el camino, continúo ascendiendo. De nuevo el can me precede. Ahora parece entender que vamos a ir hacia arriba, hasta lo más alto de la Devesa. Hace calor, y me tengo que parar un ratito a la sombra a tomar un trago de agua. Mi amigo también busca la sombra.Da seguridad llevar al perro delante. Se siente uno muy acompañado, y se me ocurre que si me saliese un jabalí o algo así, posiblemente me defendería, aunque espero no tener que llegar a comprobarlo. Es curioso como casi al momento se estableció entre nosotros una relación perro-dueño, que yo pensé que se tardaba más tiempo en establecer.
Empiezo a padecer calambres en el muslo de la pierna derecha. Qué raro, apenas no he subido ni 200 mts. Los calambres suelen aparecerme en los muslos cuando he hecho un ejercicio desmesurado, pero no es el caso. Tengo que subir lentamente, procurando distender el músculo, por que si lo relajo, al momento se me agarrota con un calambre.
Otro inconveniente: las moscas. Llevamos sendas nubes de moscas, que nos acompañan todo el camino. Si agito los brazos con energía, la nube se disipa, pero al poco vuelve a formarse. Son tantas, y zumban de tal manera, que le ponen a uno nervioso. Aunque voy ganando altura, el calor no amaina. Pasamos junto a un regato, y el can de nuevo se mete por completo. Yo me mojo la cabeza entera y recargo la botella, que ya iba vacía. Es un alivio para los dos. Ahora el camino se empina fuertemente, y aunque estoy bastante repuesto de la fatiga, y subo con ligereza, los calambres en las piernas no me dejan en paz. El perro, siempre por delante, parece decir: Pues menudo vejestorio. Pero tiene paciencia, y me espera. Escucho gritos en las alturas. Son dos rapaces, que evolucionan en el aire. No sé lo bastante de aves como para interpretar su actividad.


¡Agua, de nuevo, menos mal!. Mi guía se adelanta y se tiende cuan largo es, en la pequeña corriente. La pruebo: está helada; tanto, que la botella de plástico se empaña al instante cuando la lleno. Tengo que beber poco a poco, de lo fría que está. La vacío (1/2 litro) y la vuelvo a llenar, por si acaso. Descansamos (bueno, descanso yo, que él no está cansado) un par de minutos y seguimos la subida, lentamente.
Por fin, alcanzo las cumbres cimeras de la Devesa. El lugar se llama Penas Blancas, según la hoja. Desde aquí puedo ver a la vez las aldeas de Paderne, Miraz, Vilasivil y Meiraos, y me doy cuenta de la observación que hace Xurxo de Vieiro en su libro "Un ano no Courel": Rodeando a cada aldea, un pequeño cinturón de huerta, y rodeándolo todo, un amplio souto de castaños. Se ve claramente cómo cada aldea tiene su souto.
Ahora, ya casi en plano, tomo una pista que recorre toda la cabecera de la Devesa. Las cimas de los montes están cosidas a pista. Son pistas anchas, hechas con bulldozer. ¿Para qué demonios harán tantísimas pistas? Se puede ir a cualquier sitio que quieras, por las cumbres cimeras. Me gustaría llegar hasta As Penas da Devesa, a 1414 mts, pero son las siete y pico y los calambres no cejan. Así que me asomo por última vez al inmenso balcón sobre la Devesa que forma su borde superior, y doy media vuelta. El can gimotea un poquito de vez en cuando, como diciendo "¿Pero tú sabes adónde vas o no?". Tengo claro que me hubiese seguido mismo a Quiroga, si llego a ir a pie.

La bajada, como suele suceder, es más llevadera, y ya el calor va cediendo. A medida que desciendo, el sol va ocultándose detrás de los riscos, despertando olores y colores dormidos hasta ese momento. Me salgo del camino un momento y me adentro en la Devesa, apenas una veintena de metros. Mi guía, curiosamente, no ha querido entrar, me espera fuera. Me viene de nuevo a la cabeza un comentario de Xurxo de Vieiro, acerca de este sitio: "Se volvesen as meigas, volverían aquí". El lugar sobrecoge por lo salvaje, oscuro, húmedo, silencioso. Es el Caos de la Vida, que luchando consigo misma, genera armonía. Me siento bien aquí, me parece un sitio agradable, tranquilo. Pero es complicado progresar por ella, la vegetación es demasiado intrincada. Mejor regresar al camino.
Bajando por el camino, veo de repente un bulto informe y grande apartado a la derecha, casi cubierto de maleza. Me acerco a observar lo que es. Resulta ser un camión, fabricado posiblemente, por su aspecto, hacia los años 50. Descubro el logotipo del "8" cortado verticalmente. Es un Barreiros. Entonces caigo en la cuenta de que el "8" cortado verticalmente es precisamente el anagrama de las iniciales de Eduardo Barreiros, el que fue artífice de aquella empresa.
Mi padre trabajó en Barreiros, Madrid, cuando se hacían camiones como éste. Me pregunto si este camión habría pasado por sus manos.
En el vano del motor crecen las flores, aunque el motor parece completo. Tiene los cuatro neumáticos, pero sin presión, evidentemente.
Aparto la maleza y me meto en la cabina, al volante. Giro el volante con fuerza, y las ruedas responden levemente. Curioso: los asinetos son de madera, pero no los originales; parecen cajones de madera hechos con tablas, y no tienen respaldo. Están sumamente podridos, pero aguantan mi peso. Entre los dos "asientos" se ve la bomba de inyección. Tiene remachado un rótulo metálico, que leo con curiosidad: "ATENCION: RELLENAR CON ACEITE DEL MISMO TIPO QUE EL DEL CÁRTER". Pertinente observación. -pienso-, en un lugar como éste. Todo me parece gracioso y simpático.
Agarrado al volante, miro a través del parabrisas inexistente y giro una imaginaria llave en el contacto. "Estos sí que eran buenos coches, y no los de ahora". Me recuerdo una escena de una película de Woody Allen, "El Dormilón" Está él en el futuro, y encuentra en una cueva un Volkswagen escarabajo olvidado hace más de doscientos años. Lo arranca a la primera, y él dice algo así.
Pero mi camión no arranca. Salgo de la cabina y me voy, dejando que mi pequeño camión siga soñando por muchos años con carreteras de flores, con autopistas de corteza de abedul.
Ya cerca del Río Pequeño, unos paisanos salen de un prado con un tractor y una carroceta de pasto recién segado. Saludo y alabo las singulares cualidades de mi guía turístico. Se echan a reir, y me dicen que siempre hace igual, que hace caso de todo el mundo, menos de su dueño. Qué le vamos a hacer, cada cual es como es.
Cuando llego a Paderne, son casi las nueve. Me detengo a tomar algunas fotos de ejemplos de arquitectura popular. De alguna puerta de una casa oculta surge un silbido. El can gira la cabeza, me mira un instante más, y se marcha con presteza. Adiós, fiel animal. Fue un placer compartir contigo esta excursión.
Sin perder tiempo, pongo en marcha el pequeño Peugeot y conduzco hasta Seoane. Entonces, empiezo a notar los tirones del motor. Me alarmo por un instante, pero el motor mantiene el ralentí en punto muerto; le piso en una pendiente arriba, y el motor responde; una falsa alarma.
Más allá de Piedrafita, ya en la autopista, a las 10 y media de la noche, los tirones de motor vuelven, ahora con más intensidad. Estoy preocupado: ¿Y si el motor se para ahora, en medio de la autopista, camino de las 11 de la noche? Empiezo a preguntarme si la póliza incluirá asistencia en viaje, con remolque de vehículo y transporte de conductor. El motor tiene toda la pinta de ir a pararse e un momento a otro, de manera definitiva. Tironea contínuamente. Ni de coña llega a Santiago. Dios mío, ¿Qué voy a hacer? Es de noche, y aunque tengo algo de herramienta, esto parece de la inyección, no es ninguna chorrada. El móvil tiene llamadas restringidas, sólo puedo llamar al Centro Nodal a estas horas; tendrían que ponerme con el número de asistencia en carretera. Si es que esta póliza tiene .¿Cómo voy a explicar mañana, cuando se sepa todo, mi presencia en este sitio a las 11 de la noche, si se supone que terminé el trabajo pronto? Me da miedo pisar el acelerador, por si se rompe del todo. Creo que esto se está parando; no mantiene los 110 km/h. en llano. Empiezo a pensar en el protocolo: Arcén, warning, no salir por el lado de la calzada, poner los triángulos, etc.
Pasado Lugo, de repente, cambia el sonido del motor. Es un sonido muy fuerte, que recuerda el que hacía el Patrol cuando le pisabas a tope. Miro insistentemente el tablero, pero no se enciende ninguna luz roja. Esto va a explotar. Seguro que el ruido es una biela medio rota, que va a salir por un costado del bloque. Cuando levanto el pie del acelerador, el terrible ruido desaparece, pero -claro- el coche se para, así que tengo que seguir pisando. En fin, vamos allá. Que llege hasta donde pueda, el motorcito. Continúo pisando, y esperando que el motor se pare de un momento a otro. Son las 11 y cuarto de la noche. Mi corazón late con fuerza. Sudo bastante.
Ya en la carretera a Santiago, de repente, desaparecen los ruidos y los tirones, bruscamente. El motor recupera toda su potencia, por increíble que parezca. ¿Qué está pasando? Las averías no se arreglan solas. Escudriño el oscuro cielo, buscando haces de luz que rasguen la noche. Deben ser "Ellos". Estan aquí...
Rezo en silencio, pero sin parar. Sigue así, cochecito, sigue así. Venga que llegamos...Al día siguiente me contaron en la oficina (conté la anécdota, pero omití la hora) que este fenómeno ya lo había hecho con antrioridad, y siempre se le pasa bruscamente y sin dejar rastros, tanto es así, que en una revisión que le hicieron inmediatamente a continuación de un episodio de "tirones y ruidos", no le encontraron nada anormal. De haberlo sabido yo, me habría evitado un mal trago. Llegúe a Santiago, con el coche funcionando con normalidad, a las 12 y pico de la noche... No sé si esto es para contarlo, pero desde luego es para escribirlo...

miércoles, 26 de mayo de 2010

¿Por qué “A lomos del Dragón”?

Curioso el nombre del blog... ¿Verdad?
¿Por qué “A lomos del Dragón”?

Desde el punto de vista de la simbología, (que diría Robert Langdom), la serpiente, o en general el reptil es el depositario de un conocimiento secreto. De un conocimiento que no está al alcance de cualquiera, pero que podemos obtener si somos iniciados o si nos esforzamos en ello.
El Conocimiento es un tesoro. En la Gran Tradición, se alude muchas veces a un tesoro, una olla llena de monedas de oro, o similar. Echando mano de nuevo de la simbología, en el subconsciente colectivo ese tesoro representa sencillamente el conocimiento oculto, o el conocimiento divino (Hagia Sofia), que es un auténtico tesoro.
Cabalgar el Dragón (el más grande de los reptiles) significa para mí ir en busca de ese conocimiento, tarea que puede llevar toda una vida. Abandonar los prejuicios, las ideas preconcebidas, cerrar los ojos y abrir la mente. Deshechar los dogmas y confiar el lo racional. La razón no es una herramienta perfecta, de acuerdo, pero estimo que la más válida. No tener miedo de lo que encontraremos al final. Quizá no es lo que buscamos. Pero, ¿Qué es lo que buscamos? ¿Qué hay al final del camino? Pues lo de siempre: las Cuestiones Últimas... Qué somos, de dónde venimos, adónde vamos, y sobre todo, qué hacemos aquí o para qué estamos aquí. Las preguntas que siempre se hizo el ser humano mirando al cielo nocturno.
El Vuelo puede ser duro, comienza uno por preguntarse acerca del Cosmos, de la física, de la Naturaleza. Continúa uno preguntándose acerca de la Vida como fenómeno, qué sentido tiene y cuál es su explicación. Termina uno preguntándose acerca del Ser humano como ser vivo. Intentando darle una explicación a este fenómeno.
Y al final de todo, lo que encuentra uno es el más grande enigma de todos: Uno mismo. Lo que hay al final de toda búsqueda, es un espejo, con la imagen de uno reflejándolo. Ahí es a donde nos conduce el Vuelo del Dragón ¿Quién soy yo? ¿Qué soy yo? Misterio que seguramente nunca tendrá solución.
Y a veces sucede, como me ha pasado a mí hace poco, que una gran turbulencia sacude tu vida. Todo se tambalea parece que va a desmoronarse. Y aspectos increíbles del conocimiento lo alcanzan a uno. Las convicciones se transforman en dudas, y el misterio del espejo plantea un nuevo enigma. Es entonces cuando el Dragón gira la cabeza hacia ti, te sonríe y te susurra algo al oído. Algo que podrías necesitar libros enteros para contarlo, pero que se podría resumir en algo así como: “Eres tan libre como crees que eres”
Entonces es cuando más intensamente percibes que cabalgas el Dragón.
La búsqueda del conocimiento es, por tanto, una búsqueda sin final: En un momento puede parecernos que el puzzle está casi completo, que le faltan pocas piezas, pero de repente, sucede algo en tu vida que lo pone todo patas arriba. Creías saberlo todo, o casi todo, pero resulta que apenas sabes nada. Es preciso recomenzar planteando las cosas desde otro enfoque.
¿Qué es el Cosmos? ¿Qué es la realidad? ¿Existe realmente el Cosmos o es tan sólo una mera ilusión de los sentidos?. Pero si es así, y el Cosmos existe solo en mente, ¿Qué hay realmente ahí fuera? ¿Es el Cosmos entero el sueño de un Dios borracho que tiene forma de mono que ríe? ¿Es el Ser Humano –como dijo Ann Druyan- el medio que tiene el Cosmos de conocerse a sí mismo?
Quizá la última respuesta, como nos enseñó Hermann Hesse en Siddartha, está en los lentos y apacibles remolinos de un enorme río, contemplados estando uno sentado al pie de un árbol que hay en la orilla. Quizá al final sea ésta la última respuesta. al enigma del espejo.
Cualquiera que lea esto, queda invitado a volar en mi Dragón. Encontraremos cosas curiosas, algunas misteriosas, otras fascinantes, y otras incluso pavorosas. Compartiré recuerdos vitales entrañables para mí. No voy a exponer nada que no haya sido ya descubierto o expuesto. No voy a inventar nada. Pero quizá la forma de interconectar los conceptos aporte algo a alguien. Si es así, aunque sea en una muy pequeña medida, todo esto tendrá entonces un sentido.

domingo, 16 de mayo de 2010

EL DESTINO DEL PLANETA TIERRA

Reconozco que es una maldita locura. Para salvar la totalidad de la biosfera terrestre de un incremento en la radiación solar existen otras soluciones infinitamente menos costosas desde el punto de vista de la ingeniería. Por ejemplo, se me ocurre un gigantesco sistema de espejos orbitando en órbita eclíptica. Pero la idea tenía dos inconvenientes. El primero, es que si los espejos tienen suficiente tamaño, y no son lo suficientemente rígidos, tienden a arrugarse ellos solos, pues la órbita que describen sus extremos no contiene el centro de la tierra. El segundo es que el propio viento solar los desplazaría de su órbita… También se me ocurre la idea de modificar las condiciones del planeta Marte para hacerlo habitable, y sencillamente trasladarse allí.
Sin embargo, lo que viene a continuación se me ocurrió de golpe; en menos de dos minutos toda la idea estaba perfilada en mi cabeza. Sucedió mientras conducía a Verín (parece que conducir es una actividad que despierta mi creatividad) Y surge la pregunta de siempre: ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Es un flashback (mejor habría que decir flashfront o flashfordward) del futuro, o tan sólo una lucubración sin sentido? No lo sé. Pero meses después de escribir esto, escuché en un programa de radio que una opción para el suministro energético del planeta en el futuro podría consistir en la instalación en órbita de gigantescos paneles solares, que transmitirían la energía a la tierra por medio de haces de microondas. Al parecer, la atmósfera es casi transparente a ciertas frecuencias de microondas. No recuerdo de dónde saqué yo la idea, pero parece que es la misma.
Después de pensar todo esto, tuve curiosidad por el aspecto cuantitativo. He de decir en mi favor que lo único que consulté son los datos de la masa de la Tierra, etc. Y en mi contra, que me llevó bastante tiempo. Insisto en que puede haber errores de bulto. Si alguien ve alguno…ya sabe.
Creo que a A. C. Clarke le hubiera entusiasmado la idea, de haber vivido aún. Es una lástima que no se la pueda hacer llegar.
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Viendo ayer un capítulo de la rerie REDES, el de la entrevista a James Lovelock, se expone que el final de la vida en el planeta tierra, e incluso el final del propio planeta, viene determinado por la evolución solar. En efecto, a medida que el sol va a ir procesando su combustible de hidrógeno, va a volverse más caliente, y por lo tanto, va a aumentar la energía radiante que incide en la Tierra.
El
planeta Tierra existe desde hace unos 3500 m.a., pero apenas le quedan otros 500 m.a. de singladura. Es, por lo tanto, un planta anciano.

A medida que la temperatura vaya creciendo, el organismo que es Gaia pondrá en marcha los mecanismos necesarios para mantener la temperatura hasta donde sea posible. Una manera de hacer esta termoregulación es disminuyendo la proporción de CO2, de manera que se reduce el efecto invernadero y baja la temperatura. Gaia encontrará la manera de hacer esta dIsminución.Pero lógicamente, esto va a afectar a las plantas, pues precisan de CO2 para su función vital. Desaparecerán en primer lugar las que necesitan más concentración de CO2 para su función fotosintética, quedando aquellas, como musgos y líquenes, que pueden sobevivir con proporciones bajas, y evolucionarán para precisar concentraciones aún más pequeñas. Evidentemente, desaparecerán todas las especies animales que se nutren de las especies vegetales desaparecidas. Finalmente, la temperatura será tal que los océanos se evaporarán, y con temperaturasa de 60 ó 80 ºC, la vida se irá reduciendo a unos pocos organismos quimiosintetizadores, que a la postre
acabarán desapareciendo también.

"Apenas” quedan 500 m.a. para que esto suceda. Es un abismo temporal
tremendo, visto desde nuestra escala temporal, teniendo en cuenta que la
especie humana no lleva ni la milésima de esa duración en existencia sobre el
planeta. Pero no deja uno de sentir cierta lástima pensar que todo esto, aunque sea en un futuro tan remoto, desaparecerá un buen día. Yo me pregunto: ¿Ha de ser necesariamente así? Yo creo que no. Gaia , como siempre, intentará amoldar el paneta para su propia supervivenca, y lo hará por medio de homo sapiens. Homo Sapiens también es parte de Gaia. De hecho, homo sapiens podría ser el instrumento que Gaia se saca de la manga para escapar a su destino final.

La vida, como se dice en el mismo programa, admite varias definiciones, y ni siquierqa los expertos hoy día se pone de acuerdo exactamente sobre lo que es la vida. Yo avanzo mi propia definición. Vida es un proceso autoorganizativo (Habría que deir quizá “el” proceso autoorganizativo) capaz de hacer una inversión temporal del segundo principio de la Termodinámica. La vida es un proceso que tiene como inputs materia desorganizada, energía e información, y produce como outputs materia organizada, disipación de energía, más información (que puede ser la misma de la de la entrada, o no -evolución-) y residuos. La ecuación básica de la vida sería la siguiente:

La inversión del segundo principio de la Termodinámica está en el paso de materia desorganizada a organizada. Se advierte también la posibilidad de
“reciclado”, de manera que los residuos pueden reaprovecharse en otro ciclo
vital.

Es necesario este replanteamiento del concepto de vida si queremos plantear cómo evolucionará la vida en el planeta, de aquí a varios cientos de m.a. Evidentemente, homo sapiens, tal y como lo conocemos, no durará mucho, dando paso a formas de creciente complejidad. El concepto de complejidad, aquí expresado, debe entenderse como la creciente potencialidad ante un entrono. Así expresado, un ser humano no es más complejo que una vaca, pongamos por caso, desde un punto de vista orgánico, bioquímico , etc. Pero debido a la peculiar interconexión de las neuronas de su cerebro, es un ser dotado de una mayor capacidad de interacción, modificación, adaptación, relación; o sea, potencialidad. Afirmo por tanto, que el ser humano sí posee un mayor grado de complejidad que el resto de los seres vivos; expresado en términos de potencialidad.

Por supuesto, es preciso que homo sapiens no se destruya en una guerra termonuclear mundial, posibilidad ésta que quizá esté disminuyendo en los tiempos que corren, aunque la tendencia podrá invertirse. También es preciso que no alteremos el planeta hasta el punto de una desestabilización que haga insostenible nuestra vida en él. Si desaparecemos como especie, aunque queden otros seres vivos en el planeta (bacterias, artropodos...) lo más seguro es que nos llevemos por delante a todas las formas de vida de complejidad elevada, pero inmediatamente inferiores a la nuestra (mamíferos, reptiles, aves.,,) y no creo que sea posible que desde formas como artrópodos o bacterias evolucionen, en ciento y algo de m.a., formas de nuevo de creciente complejidad. Pero estoy con J. Lovelock que llegado el momento, y cuando la realidad nos muestre a las claras que no hay otro remedio posible, nos pondremos a la tarea de frenar (y quizá revertir) el deterioro mediambiental , y su exponente más visible, el cambio climatico.

Siendo éste el caso (que no nos autodestruimos) ¿Qué formas de vida poblarán el planeta de aquí a muchos m.a.? El ser humano ha desentrañado por un lado, el genoma , y su completo conocimiento (mera cuestión de tiempo, y no mucho) nos abrirá las puertas de la autoevolución dirigida. Auto, porque esa evolución no será ya un proceso regulado o dictado por un factor externo (el medio y la necesaria adaptación a él), y dirigida, aunque quizá no al principio, pero sí final y necesariamante, hacia formas de más alta complejidad, según el concepto que se ha expuesto arriba.

Intuyo que esos seres vivos del mañana irán sustituyendo paulatinamente sus funciones biológicas por otras funciones cibernéticas. En el límite, lo único que podrían tener en común esos seres vivos con los actuales, es la ecuación del esquema anterior. En los cajetines de “Información”, el software irá reemplazando paulatinamente al genoma.

Pero volviendo al asunto central, la prórroga del planeta durante cientos de m.a., lo que propongo a continuación son obras de ingeniería que escapan a nuesto concepto actual. Ingeniería varios órdenes de magnitud por encima de la actual, inpensable hoy. Pero quizá posible mañana. Ingeniería creada por esos nuevos seres vivos, herederos de los actuales. Serían creadas máquinas, cuyo unica finalidad será crear otra generación de máquinas, así en una secuencia cuya generación final será las máquinas que finalmente lleven a cabo la ingeniería. Tendrán que ser auténticas máquinas pensantes, pero no
pensantes a imagen del h. sapiens, sino pensantes en otra escala. El modo de funcionamiento del cerebro humano impide proponerse metas que abarquen en el tiempo más allá de nuestra generación actual, y como mucho, la de nuestros hijos y nietos. No podemos mirar por aquellos a los que no conoceremos nunca, a los que ni siquiera podemos imaginar. Por eso, será preciso máquinas pensantes que sí puedan hacerlo.

Las máquinas de las que hablo tendrán un tamaño impensable hoy. Para montarlas, será preciso a su vez otra generación de máquinas específicas. Estamos hablando de prorrogar el final de planeta por unos cuantos
cientos de millones de años más. Semejante resultado creo que justifica
concebir cualquier proyecto, por impensable que parezca..

Vamos allá. El sol paulatinmente se irá volviendo más y más brillante. De hecho, ya a empezado a hacerlo. El brillo actual del sol es un 30% más intenso que cuando recién se formó. y con los millones de años venideros seguiá aumentando, hasta imposibilitar, como ya se ha expuesto, toda vida en la tierra.

Se me ocurre que hay una manera de salvar el planeta, y es alejarlo del sol, en una órbita de radio sucesivamente más grande.

¿Que estoy chifaldo? Veamos: Imagino la construcción y puesta en marcha de una colección de cañones gigantescos. Estos cañones tendrán un tamaño descomunal. Su extremo debe elevarse por encima de la atmósfera, al menos, por encima de las capas más densas, y calculo que deberían tener unos 20.000 mts mínimo. Para darles estabilidad, la anchura, al menos en la base, debe ser de unos 2000 mts de diámetro. Serán verticales. Su número no lo puedo determinar, pero posiblement harán falta miles de ellos, repartidos por toda la zona ecuatorial terrestre. No tendrán que estar necesariamente en el ecuador todos ellos, pero su latitud máxima serán los trópicos. Mejor cerca el ecuador. Estos cañones lanzarán materia fuera del planeta. Dado que habrá que lanzar enormes cantidades de materia, lanzarán la propia litosfera, que es el material más abundante, esto es, silicatos de aluminio y de magnesio básicamente. Los cañones sólo funcionarán durante unas pocas horas cada día, justo cuando el sol esté en lo más alto. Lanzarán materia en dirección al sol. No se me ocurre el mecanismo de lanzamiento. Posiblemente la solución pase por ionizar la materia, y luego, con gigantescos aceleradores de partículas, dispuestos en el interior del cañón, lanzarla al espacio en forma de partículas ionizadas, o sea, plasma. La velocidad de lanzamiento debe ser lo más elevada posible, y se me ocurre que como mínimo, debe ser de varias veces la velocidad de escape terrestre, que es de 11 km/seg. Los cálculos que siguen mostrarán que una velocidad adecuada de lanzamiento es del orden de 600 km/s. También se podría lanzar en estado sólido normal, pero no se me ocurre el medio de hacerlo a esa velocidad.

¿Qué se consigue con esto? Si todo el cinturon ecuatorial de la tierra está sembrado con estos cañones, que funcionan en la franja horaria que están apuntando al sol, generaremos , por principio de reacción, una fuerza
cetrífuga adicional que contrarestará la atracción gravitatoria del sol. Esta
fuerza, aplicada durante millones de años, irá alejando el planeta
paulatinamente del sol, aumenando el diámetro actual de la órbita. La cantidad
de radiación solar sobre el planeta irá disminuyendo por el aumento de
distancia a medida que el sol aumenta su radiación intrínseca, anulándose ambos efectos.

Para hacer algunos números, supongamos, como meta primaria, que duplicamos la distancia de la tierra al sol de manera que la radiacción
recibida por el planeta cae a ¼ de la actual. En ese momento, el sol podría haber cuadruplicado su potencia, y las condiciones en la tierra serían las mismas.

¿Cuanta energía es necesaria para efectuar esto? La única fuente de energía posible es el propio sol. Una gran cantidad de estaciones solares, con grandes superficies de paneles solares, recogerán la energía solar y la enviarán, transformada en haces de microondas, a las cabeceras de las torres, donde estarán los colectores. Como las cabeceras estarán fuera de la atmósfera terrestre, no habrá absorción atmosférica de energía.

Hagamos los cálculos de la energía necesaria para alcanzar esta meta primaria.

algunos datos numéricos:

Constante de gravitación universal: G = 6,67 ·10-11 (MKS)

Masa de la Tierra: m = 5,98·1024 kg

Masa del Sol: Ms = 2·1030 kg

Distancia media Tierra - Sol: 150·109 m.

(Para todos los cálculos que he hecho a continuación he tomado únicamente la Ley de la Gravitación Universal y la expresión de la energía cinética. Todas las restantes expresiones son deducidas. Desde la Universidad no había vuelto a hacer nada así, y podría haber errores en algunas. Si alguien detecta errores de bulto, que me lo diga)

La ecuación de órbita, que define la velocidad orbital de cualquier cuerpo alrededor del Sol, viene dada por:

Y la relación período orbital – radio orbital viene dada por: La velocidad lineal de nuestro planeta alrededor del sol es de:

VT1 = 30·103 m/s

Y si la órbita fuese doble, sería de:

VT2 = 21,1·103 m/s

La energía cinética de cualquier cuerpo es

Ec = ½ mV2

Lo que aplicado a nuestro planeta en las dos situaciones nos da:

Energía cinética actual: Ec1 = 2,69 · 1033 Julios.

Energía cinética en órbita doble: Ec1 = 1,33 · 1033 Julios.

O sea, prácticamente la mitad.

Analicemos ahora la energía potencial gravitatoria del planeta. Un cuerpo de masa m a una distancia x del sol es atraido con una fuerza

Para alejar ese cuerpo del sol una distancia diferencial de x, dx, será preciso un diferencial de trabajo

Integrando a ambos lados:

O sea, que si traemos el cuerpo desde el infinito hasta una distancia x, la energía es:

El signo menos indica que el trabajo es negativo. O sea, que a medida que acercamos el cuerpo el sol, nos entrega trabajo, y para alejarlo, tenemos que aplicar trabajo (cosa que ya se intuía).

Aplicando los datos de G, masa solar, masa de la tierra y distancia, tenemos que la energía potencial actual del planeta con respecto al sol es de:

Ep1 = - 0,531 · 10 34 julios

Mientras que si estuviese en órbita doble, sería de

Ep2 = - 0,26 · 10 34 julios

Sumando para ambas situaciones (posición actual y posición en órbita doble) las energías potencial y cinética, tenemos:

Energía actual E1 = Ep1 + Ec1 = 2,69 · 1033 - 5,31 · 1033 = -2,62 · 1033 julios

Energía en órbita doble E2 = Ep2 + Ec2 = 1,33 · 1033 - 2,65 · 1033 = -1,32 · 1033 julios.

O sea, justo la mitad. Me encanta la simetría que exhibe el Universo.

Esto significa que tendremos que comunicar al planeta una energía de

DE = E2 - E1 = 1,32 · 1033 julios

para llevarlo a una órbita de radio doble.

Suponemos que realizamos esta tarea durante 200 m.a., o sea, durante 6,30
· 1015 segundos.
La potencia contínuamente ejercida para lograr este trabajo es de


O, para que nos hagamos una idea, de 2,1 · 108 Gigawatios.

Está claro que semejante fuente de energía sólo puede salir del propio sol.

¿Cuanta masa habrá que arrojar al espacio para conseguir esto? ¿Nos quedaremos sin planeta? La cantidad de masa arrojada dependerá de la velocidad de lanzamiento de la materia. Si suponemos que arrojamos la diezmilésima parte de la masa terrestre, o sea, m = 6 · 1020 kg, esta masa en su conjunto deberá tener una energía cinética igual a DE. Como

tenemos que Poniendo valores, la velocidad de lanzamiento de la materia será V = 2.097.000 m/s, o sea unos 2.000 km por segundo. lo que supone 1/300 de la velocidad de la luz. Necesitaremos máquinas muy potentes, dentro de las torres.

El problema es que la diezmilésima parte de la masa del planeta, si suponemos su densidad homogénea (que no lo es), es la diezmilésima parte del volumen. Como el volumen de una esfera es proporcional al cubo de su radio, tendremos que

V1 = 1.0001 V2, siendo V1 y V2 los volúmenes del planeta antes y después del invento. Tenemos por tanto que




Finalmente, y tomando r1= 6,3 ·106 m., tengo

r2 - r1 = 208 m

O sea, que tengo que arrojar al espacio una capa, de la esfera de la tierra,
equivalente a 208 m. Parece que tendría que arrojar al espacio la biosfera por completo, con lo cual nada de lo que estamos lucubrando tendría sentido, pero no tiene porqué ser así necesariamante. Se podría sacar material de zonas concretas de la tierra emergida. Se formarían enormes pozos. Pero un pozo no puede ser indefinidamente profundo, porque la propia presión de la corteza contra sí misma tendería a cerrarlo a los pocos km. de profundidad. Así que se va sacando material a medida que el pozo se va cerrando por sí solo, y asunto resuelto. Eso sí, seguramente se incrementarían los terremotos, a medida que la corteza terrestre se va reamoldando a la nueva dimensión del planeta.

Otros problemas: ¿Qué pasa con la luna, por ejemplo? No he hecho ningún cálculo, pero supongo que al alejarse la Tierra, la Luna empezará a orbitar según una órbita elíptica cada vez más excéntrica, hasta que al fin acabaría colisionanado con la Tierra, cosa que no nos interesa. No quedará más remedio que llevarnos a la Luna con nosotros, y no por motivos románticos. Para ello, habrá que hacer algo parecido a lo que hacemos con la Tierra, pero a menor escala.

martes, 11 de mayo de 2010

La más bella flor

Es un cuento para niños, sin más pretensiones. Escuché un fragmento de él en radio 3, cuando conducía por Ourense hace años. Tiene un algo que me llamó la atención, no sabría decir el qué. Tuve que imaginar los trozos que no escuché, pero imagino que no me he separado mucho del original. Recuerdo habérselo contado a mis hijos, cuando tenían unos seis años, y les había gustado.
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LA MÁS BELLA FLOR

En un país oriental muy, muy lejano, había un sultán que gobernaba su reino desde su palacio. Tenía un hijo que era el heredero oficial, llamado un día a suceder a su padre en el trono.
El joven príncipe estaba en edad de buscar esposa, pero no parecía muy interesado por esos asuntos. Al contrario, dedicaba su tiempo al estudio de las artes, las ciencias, la poesía.
Su padre miraba impaciente esta conducta, y animaba a su hijo a que cambiase de actitud:
-¡Debes pensar en el futuro! Eres joven, de acuerdo, pero no lo serás para siempre. La dinastía exige continuidad.
A lo que el joven respondía marchándose airadamente.

En el palacio servía una mujer llamada Durga, en el servicio de aposentos. Durga tenía una joven hija llamada Niang, que también servía en palacio, como ayudante de jardinería.
En las soleadas mañanas en las que Niang trabajaba en los jardines, había visto al joven príncipe heredero que a veces paseaba por allí, siempre con algún libro en las manos. Se había enamorado en secreto de él, pero, por supuesto, nunca se atrevió ni siquiera a acercarse, lo cual de por sí ya hubiese sido un delito. Porque, ¿Cómo iba a aspirar una pobre sirvienta de palacio, al amor de un príncipe heredero?

Un día, después de que padre e hijo discutieran por lo de siempre, por fin el muchacho anunció a su padre:
-¡De acuerdo! ¡No se hable más! Si lo que quieres es una nuera, la tendrás. Ya tomaré las medidas necesarias. Pero te aseguro que buscaré una buena esposa.
Aquella noche el sultán durmió un poco intranquilo, pensando en lo que haría su hijo.

Pocos días después, un bando recorrió el reino: Toda joven que aspirase a ser esposa del príncipe, debía presentarse en el palacio, en la fecha y hora que se indicaba.

Niang corrió a avisar a su madre: quería presentarse
-¿Pero, tú estás loca? ¡Una hija de una sirvienta palaciega! ¿Cómo se te ha ocurrido que podrías llegar a ser la esposa del heredero? ¡Vaya locura! ¡Se reirán de ti!
-¡No me importa, madre! El bando dice “toda joven”. No habla de condición, rango ni estirpe. Y yo le amo: tengo que ir. Debo ir. Aunque sea rechazada.
Ante semejante obstinación, Durga tuvo que consentir en el deseo de su hija.

El día señalado, una colección de preciosas jóvenes llenaba el recinto de la sala de recepciones. Había jóvenes de mirada altiva y arrogante. Hijas de altos mandatarios, de poderosos mercaderes, de militares renombrados. Los vestidos de seda de los más variados colores competían entre sí. Costosos tocados en el pelo hacían refulgir gemas valiosas. Todas se miraban unas a otras intentando identificar posibles competidoras, evaluando y haciendo comentarios en baja voz. En una esquina, sola, humilde aunque correctamente vestida, objeto de cuchicheos, estaba Niang.

A la hora convenida, se abrió la puerta de las recepciones y entró el príncipe, Sin apenas preámbulo, se dirigió a todas y a cada una de las candidatas, depositando un minúsculo objeto en su mano.
-Esto que os entrego es una semilla. Debéis plantarla en una maceta y cuidarla de la mejor manera posible, para que germine. Así la cuidaréis durante tres meses. Transcurridos éstos, todas volveréis aquí con la maceta y el producto de vuestros cuidados. Aquella que obtenga la más bella flor, será mi esposa.

Cuando llegó ante Niang, el príncipe mantuvo su mirada un momento, quizá sorprendido por su humilde atuendo. Ella aceptó la semilla, lo miró un instante a los ojos y bajó la mirada.

Y sin más, se marchó, para sorpresa y extrañeza de todas las presentes.

Niang se esmeró. Le pidió al jardinero un puñado del mejor mantillo y una macetita que dejase respirar la tierra. Plantó cuidadosamente la semilla, y tuvo mucho esmero en mantenerla siempre con el grado de humedad justo. La ponía en el alféizar de la ventana, y mataba despiadadamente cualquier bichito que osase pulular por la maceta, o cerca de ella.
Pese a todos sus cuidados, pasaban los días y ninguna hebra verde asomaba de la maceta. Niang redobló sus cuidados, y consultaba al jardinero si no estaría haciendo algo mal.

Pasaron los tres meses, y nada germinó de la maceta, para gran desconsuelo de Niang. Llegó el día señalado, y Niang le dijo a su madre que acudiría a la cita, con la maceta vacía.
-¿Habrase visto insensatez? ¡Con la maceta vacía! ¡Se reirán de ti, por tu condición y por tu maceta vacía!
- No me importa para nada que el mundo entero se ría de mí. Mi amor ya es de por sí desesperado. ¿En qué puedo empeorar las cosas? ¿Qué es el amor, sino una vana ilusión, un espejismo? Al menos, le veré de cerca por última vez.
Ante tanta resolución, Durga consintió en que su hija acudiese a la cita.

En la salas de recepción, se juntaban las mismas jóvenes que hacía tres meses, pero ahora había, además de los vestidos de seda, tocados y diademas, una gran profusioón de macetas con floripondios de los más variados colores y perfumes. Todas las jóvenes miraban sus respectivas flores, y alternativamente las de las vecinas, sopesando si serían competidoras a tener en cuenta. Muchas miraban, sin poder contener una risita burlona, a Niang, que en una esquina, sola, humilde aunque correctamente vestida, sostenía su maceta vacía.

De nuevo a la hora convenida se abrió la puerta y apareció el Príncipe, quien sin más preámbulos también, se dedicó a observar minuciosamente las flores de las aspirantes. Cuando llegó ante Niang, también se quedó mirando la maceta vacía, y luego la miró a los ojos. Ella bajó la mirada, llena de vergüenza, azoramiento y amor.

-He tomado una decisión inapelable –anunció el príncipe- Esta mujer será mi esposa. Y para gran sorpresa de todas, tomó la mano de Niang.
-¿Pero qué tomadura de pelo es ésta? –gritaron airadas algunas jóvenes- ¡Dijo que se casaría con la portadora de la flor más bella! ¡Todas pudimos oírlo!
-¡Silencio! –restalló el príncipe, enojado de veras-. Las semillas que os fueron entregadas eran todas estériles. Ninguna, repito, ninguna flor podría nunca haber nacido de ninguna de ellas. Todas, menos una, intentásteis engañarme. Aquí, - dijo, levantando la maceta vacía de Niang- sin duda, he encontrado la flor más bella. La flor de la Sinceridad y de la Honestidad.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado

sábado, 8 de mayo de 2010

En la Cova da Arcoia

De nuevo un relato de intensas vivencias, que leído pasados los años, me hace recordar con la misma emoción de aquel dia, una jornada inolvidable.

Exploración da Cova da Arcoia, en Céramo / Visuña / O Caurel.
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18-05-99
Es martes. Voy a trabajar como como cualquier otro día, pero los materiales están en el coche. A las diez subo al C.N., y le digo a Ramón que tendré para el resto del día. Él también sale de viaje. La oficina está tranquila. Mejor.
En el C.N. tengo, efectivamente, algunos trabajos programados, pero ninguno de especial urgencia. A las 12:15 le digo al Jefe del C.N. que voy a hacer una gestión personal importante (en cierto modo, esto no es una mentira), que si preguntan por mí, estaré ocupado el resto de la mañana. Sin problemas. Adiós, hasta mañana.
Conduzco hasta Fontiñas. Javier ya está esperándome, con su coche en la puerta del garaje. Entramos los dos coches, y metemos su equipo en el maletero del mío. Se sorprendió al ver "el cacharro". Te ha quedado bárbaro, me comenta. Muy compacto.
Salimos sin pérdida de tiempo. El día es soleado, pero no muy caluroso; o sea, un día perfecto.
Llegamos a Piedrafita en dos horas menos cinco minutos, justo lo que yo había calculado. Ya tengo controllado el sitio donde vamos a comer; es un área de descanso para peregrinos, a la orilla de la carretera, en medio de la montaña. Tiene mesas de madera, y barbacoas de piedra, y cosas así. Es un sitio idílico. Llegamos allí a las tres menos algo. Una pareja de peregrinos alemanes, ya mayores, nos saludan. Son los únicos que hay en el área de descanso. "Wasser, wasser", me señala hacia arriba. Agua fresca, que baja cantarina entre los helechos. Gracias; perfecto, para enfriar las latas de cerveza.
A la sombra de los abedules, y a los pies del arroyo, le metemos mano a la tortilla que hice anoche. Qué bien sabe la tortilla en el campo. Le eché bastante cebolla, pues Javier es de los que le gusta la tortilla de patata con cebolla, cosa que yo suelo echar de menos. La zona de descanso está tan bien integrada en el paisaje, que uno no sabe si está en ella o en medio del bosque. Javier trajo pan de Vimianzo. Bárbaro. Recuerdo la comida como algo tranquilo, agradable, en confianza. Lástima que momentos así no se puedan disfrutar más a menudo. Javier y yo hablamos de nuestras cosas, pero es curioso, no se habla para nada de lo que vamos a hacer. Tan sólo cuando recogemos la mesa me pregunta sonriendo:"¿Crees que lo lograremos?" "¿Y acaso lo dudas?" le contesto.
Conduzco según el cronograma previsto, y nos adentramos en El Caurel. Está exhuberante de verdor, precioso. Para mí lo difícil y peligroso de conducir por El Caurel es tratar de que la vista no se me vaya contínuamente de delante de la carretera, para contemplar la vegetación y el paisaje.
Llegamos a Seoane, y tomo la carretera de Esperante. A las cuatro y cuarto, según lo previsto, alcanzamos la aldea de Céramo. Fin del trayecto.
La aldea está completamente tranquila. Dejamos el coche justo a la entrada, en el único ensanche que hace la pista, y allí nos pertrechamos. Como hace bastante calor, opto por no ponerme el buzo hasta la entrada de la cueva, pues la sudada podría ser impresionante. Cogemos todo el equipo y "el cacharro". Calculo que pesa unos siete kilos, y se lleva cómodamente en el hombro, como si fuese un fusil. Al atravesar la aldea, saludamos a dos paisanos, que se nos quedan mirando con curiosidad, no sé si por nuestro atuendo, un tanto estrafalario -el espeleólogo no hace concesiones a la estética-, o por "el cacharro".
Habiendo bebido agua, llenado los carbureros, y con las sacas al hombro, comenzamos la subida. Javier me advirtió que era dura, y que lo sería más con "el cacharro". Empiezo a comer caramelos, aunque hace poco que hemos comido, pues no quiero que me pase lo de la otra vez, en Bermún.
Pronto abandonamos las corredoiras y subimos monte a través, por un estrecho sendero de (¿cabras?) espeleólogos. La subida se hace dura, y hay que aminorar el paso, y aún parar para tomar aliento. Nos turnamos "el cacharro". Veo con alivio que no me quedo atrás con respecto a Javier. Él es más jóven y hace ejercicio regularmente, no como yo.
No sé si por los caramelos o por la tortilla, pero cuando pensaba que nos quedaba otro tanto, he aquí que coronamos el lomo del monte. Estamos a los pies de la entrada de la Cova da Arcoia, en Céramo / Visuña, Caurel. Comienza la auténtica aventura. Mientras me pongo el buzo, Javier me enseña algunas orquídeas que ha encontrado en una pradera cercana. Son pequeñas, pero muy bonitas; nunca había visto orquídeas silvestres. En particular me llamó la atención el ejemplar de "el hombre colgado", la cual, en efecto, tiene la forma de un hombre ahorcado. Curiosísimo.
Por fín, cerramos las sacas, encendemos la iluminación y nos metemos en a cueva. Javier me cede el honor de ir delante. Sorteamos, cerca de la entrada, el Pozo de las Calaveras (no es una fantasmada; se encontraron cráneos humanos en el fondo del pozo, durante las primeras exploraciones, según la bibliografía). Cuando lo estoy superando, me resbala una bota en el barro, y no sé cómo hago que casi me voy derecho al pozo. Clavo las manos donde puedo, y apoyo la otra bota no sé donde, y al final no pasa nada. Pero casi. No tenía previsto explorar el pozo de las calaveras, pero estuve a punto de hacerlo por la fuerza. Bueno; no hubiera pasado nada. Es como un talud de barro, y además, no es muy profundo, aunque un esguince de tobillo te lo puedes hacer de lsa manera más tonta. Supongo que habría caído sentado encima de las calaveras.
Poco después llegamos a la llamada Sala de Espera. Llevo el plano en la saca, pero no me hace falta sacarlo; me lo sé de memoria. Tal y como Javier me había advertido, quedo deslumbrado con las formaciones. Coladas, estalactitas excéntricas, hay de todo. Nunca sospeché que en El Caurel pudiera haber una sala tan profusamente decorada, pues el karst del Caurel es de poca potencia, y la caliza aparece mezclada con otras rocas; pero esto supera todo lo esperado. Además, se encuentra en un estado de conservación muy bueno, debido a que la cavidad hace muy pocos años que se conoce, al menos, en su desarrollo principal. Javier conoce la cueva hasta esta sala. Estuvo aquí con su hermano hace un mes.
Después de disfrutar como un loco admirando las formaciones, me encamino hacia el fondo de la Sala de Espera. No necesito que Javier me indique el sitio; puedo verlo con toda claridad. Se trata de un resalte en principio insuperable. De más de dos metros y extraplomado. Por encima de este resalte, la cueva continúa. Es hora de sacar "el cacharro".
El tal cacharro no es sino una escalera metálica desmontable, hecha a base de trozos de angular de hierro, de los que se usan para hacer estanterías metálicas. Puede configurarse como escalera de dos metros, o como mástil de cuatro metros, con los peldaños al medio. Lo monto como escalera de dos metros, pero no alcanza el borde del resalte, por poco. Pruebo a hacer un mástil de tres metros, y encontramos problemas con los peldaños: no se aguantan firmes en su sitio, y caen a un lado o a otro, a poca fuerza que se les haga con el pie. Pruebo a apretar las tuercas al máximo, pero es inútil; el omnipresente barro hace de lubricante entre los perfiles. Pues vaya un problema. Esto no estaba previsto, hay que discurrir. Sin el invento, no podremos superar el resalte.
Al final se nos ocurre un "híbrido", que tiene parte de escalera y parte de mástil sin peldaños, pues en la parte superior éstos no hacen falta. Lo probamos, y parece que funciona. Yo voy primero, Javier me "cede" amablemente el honor de probar el invento.
Subo por la escalera con mucha lentitud, mientras Javier aguanta el pie, para que no gire. He comprendido que la clave del éxito está en controlar el centro de gravedad de mi cuerpo, y mantenerlo siempre en vertical justo encima del estrecho perfil. Parezco un perezoso, de esos de la selva. Por un instante me aborda la idea de que quizá esté cometiendo una terrible imprudencia. ¿Que pasaría si todo esto se viene abajo y me tuerzo un tobillo o me rompo una costilla? Todo esto lo he puesto en marcha utilizando mi sentido común como herramienta maestra, pero ¿Y si falla mi sentido común, aunque sea un poco,?
Finalmente alcanzo salientes en el resalte que me permiten asirme, y paulatinamente traslado mi peso del mástil a la roca. Ya estoy arriba, le digo a Javier. Sí, me dice, pero yo estoy abajo.
No puedo aguantarle el mástil, así que me pasa las sacas, tomo la cuerda y la amarro a un saliente rocoso. Gracias a ella, al mástil y a mis ánimos, consigue subir.
Nos puede la impaciencia. Sabemos que el pasaje ante nosotros, cuajado de estalagmitas, es la Galería de los Topógrafos. Y ambos sabemos qué hay más allá. No puedo esperar más, y mientras javier recoge la cuerda y organiza su saca, avanzo por las estalagmitas y llego a la Sala del Elefante.


No me reprimo, y grito como un loco. Es la conducta habitual en estos casos. El Elefante es una enorme colada estalagmítica, que ocupa la mayor parte de la sala. Es impresionante, blanca, mucho más grande de lo que me imaginaba, aunque habíamos visto una foto en una revista. Realmente su forma no recuerda un elefante, sino un volcán. Quizá le pusieron ese nombre por la textura de la superficie. En la parte baja de la colada, donde la inclinación de la superficie disminuye, se han formado gours, justo como sospechaba. La teoría se cumple. Hay que sacar fotos de todo esto; pero a la vuelta. Ahora hay que continuar la exploración.
El artículo dice que la exploración continúa por un resalte fácilmente superable. Saco la brújula y el plano, y localizo el resalte. Caray con el "resalte fácilmente superable". Me ha llevado varios minutos de contorsiones y equilibrios, y a Javier le pasa lo mismo. Continuamos hasta el talud instalado con cuerda. En efecto, se vé una cuerda anudada que cuelga por una especie de tobogán de barro. El tobogán termina hacia abajo en un pozo, así que mejor agárrate fuerte a la cuerda y no te sueltes. Sucedió algo curioso, y es que pasa primero Javier, y le veo resoplar y jadear en la cuerda anudada. Le cuesta bastante llegar arriba. Cuidado, que es duro, me dice. Me preparo para lo peor y me echo a la cuerda. Subí casi con las manos en los bolsillos, sin esfuerzo ninguno, con saca y todo. Al llegar arriba nos miramos, mutuamente sorprendidos. Parece que he nacido con habilidades insólitas para algunas cosas.
La exploración continúa, llevándonos cada vez más adentro de la montaña. Observamos gruesos mantos de caliza muy blanca, y esto nos sorprende, sobre todo a esta profundidad, pues se supone que es un karst de potencia baja, y con caliza que aparece siempre en combinación con otras rocas. Todo esto es una lección de Geología "en vivo".
Finalmente, a través de meandros y taludes de barro que descienden, llegamos al pequeño lago, esto es, al final de la cueva. Sentimos una singular emoción al haber llegado al final de la exploración, de haber alcanzado nuestro propósito. Descansamos un rato en el lago y sacamos las cámaras y los flashes. El regreso será, como siempre, más lento y meticuloso; primero, porque vamos en general hacia arriba; segundo, porque vamos haciendo fotos. Sacamos algunas en el lago, en la Galaría del Pozo Magnífico, el cual no nos dió tiempo a explorar, pues se nos hacía tarde, y sobre todo, en la sala del Elefante. El posterior descenso por el mástil no tuvo incidentes, pero se hacía muy tarde, y yo estaba cansado. Más que cansado, lo que tenía eran ganas de salir. Casi seis horas en la cueva son la explicación del fenómeno. No hice fotos en la Sala de Espera. Como Javier la tiene bastante bien documentada, ya le copiaré algunas diapositivas más adelante. Salimos de la cueva a eso de las once de la noche.
Quiero pararme en este momento, pues fué de una sigular belleza, al menos para mí. Salí al exterior y apenas lo noté, pues ya era de noche. Lo noté porque de pronto encontré un arbusto ante mí, y mi voz sonó distinta, y en el cambio en la temperatura y humedad del aire. En el exterior hacía más calor. Me puse en pié, y en un primer instante la oscuridad fué total, mucho más que en el interior de la cueva, pues la luz de mi casco no encontró en ninguna dirección superficie que iluminar, salvo a mis pies.
Muy solitarias son las montañas de El Caurel. Ni una sola luz, ni aldeas, ni carreteras, ni una baliza de torre, ni coches, ni casas, ni una hoguera. Oscuridad absoluta. Se me ocurrió pensar que habíamos dado un salto atrás en el tiempo, y salíamos en el Cuaternario. Tan sólo una debilísima franja azulada, última huella del crepúsculo, que revelaba la dentada forma de las crestas de los Ancares, en el horizonte. Tímidas estrellas empezaban a aparecer.
Y entonces, allí abajo, a mis pies, sí había luz. La pequeña aldea de Céramo tendría como media docena de luces de alumbrado público, de estas que son azuladas. La impresión era como una pequeña galaxia flotando en un cosmos infinito de terciopelo negro. Esta impresión me conmovió, y pensé en lo que debieron sentir los tripulantes del Apolo XII al ver asomar sobre la luna el planeta Tierra, como una joya azul brillando sin equiparación posible, en un cielo perfectamente negro.
La bajada por el monte, en medio de la noche, fué muy alegre. La temperatura era excelente, debía haber más de 20 grados. Yo hacía agudas reflexiones en voz alta, y rompí a cantar. Se te ha subido la cueva a la cabeza, -me dice Javier. La cueva o los caramelos, que eran de cubalibre, no sé. Al final, la luna asomó triunfante sobre la cresta de un monte. No recordaba una situación así desde la acampada que hize en Somiedo, hace ahora nueve años. Me hubiera gustado detenerme un buen rato a contemplar el valle, los montes, los árboles, el riachuelo, en una apacible noche de primavera, a la luz de la luna; pero se nos hacía tarde. En la aldea no había ni un alma (lo contrario hubiera sido sorprendente); ni un perro nos ladró. Al pie del coche, y a su luz, nos cambiamos de cualquier manera y organizamos las bolsas, si así se le puede llamar a aquel amasijo embarrado de botas de goma, cuerdas, buzos, cámaras y flashes, restos de carburo, pilas, bolsas, todo húmedo y maloliente. Dios mío, cómo va a quedar el coche, dice Javier. No importa, luego se limpia todo. ¿Donde demonios están las llaves? ¿Qué llaves? Pues las del coche. Anda que como se hayan perdido...
Así, entre bromas y veras, nos ponemos en marcha. Yo tenía un hambre que no veía. En Seoane no aguanto más. Vamos a cenar. Pero si no hay un alma, y el bar está cerrado. No importa, tenemos todo lo necesario. Paro en la salida del pueblo, en una ligera cuesta arriba y bajo una farola, de manera que el capó queda horizontal, y bien iluminado. ¿Ves la ventaja de tener un coche viejo? le digo a Javier, y extiendo el mantel y todo lo que sobró de la comida, encima del capó. Queda bastante de todo. Aún hay cerveza, pero no está fría. Son las doce y media pasadas.
Nunca en la vida una cena me supo mejor. Creo que fué la cena más alucinante de mi vida. Para mi gran sorpresa, Javier apenas probó bocado. No suelo cenar mucho, dijo, y se comió algunas almendras. Yo comí como un loco. Un Land Rover pasó por la carretera, y pude ver que sus ocupantes nos miraban con sorpresa.
La vuelta fué bastante pesada, porque se hacía tarde, yo estaba cansado y me entró algo de sueño. Eché de menos una buena lata de Coca-Cola, y en la autovía no hay aún áreas de servicio. Llegamos a Santiago a eso de las tres y pico, sin novedad. Nos despedimos con rapidez y pocas palabras. Tendremos que vernos en breve, pues uno siempre se confunde y se lleva algunas cosas del otro.
Evidentemente, cosas así no pueden hacerse todos los días. Escaquearme del trabajo unas horas no me da cargo de conciencia, pues aún así, sólo en esa semana hice muchas más horas de trabajo que las estipuladas en mi horario.

Mañana será otro día de trabajo normal, pero yo exhibiré una sonrisa relajada y cómplice. Quizá alguno se pregunte qué me pasa; yo no voy a contar nada, por supuesto. Quizá, cuando pasen semanas o meses, si alguien me pregunta qué tal la espeleo, cuente que hacia Mayo estuve en una bonita cueva de El Caurel.
Días más tarde tengo el equipo seco, limpio y ordenado, y lo guardo de nuevo en sus bolsas. Hasta cuándo, es una pregunta que no puedo contestar. Como siempre, tendré el recuerdo de las diapositivas obtenidas, y este diario, como prueba de que no fué todo un sueño.


martes, 4 de mayo de 2010

Un paseo por el Caurel

El mismo esquema que en mi entrada anterior. Descripción detallada de situaciones, impresiones, emociones...
Esta es una memoria de una salida al monte. Aquí, las emociones dejan con frecuencia su situación "subliminal" e irrumpen al plano del texto. Todo lo que describo, tanto lo vivido como lo sentido y lo pensado, es real. No puedo escribir a este nivel si no es sobre vivencias reales. =============================================================

12-06-2001
He salido del Centro Nodal a las 14:45 y he ido directamente a casa. No voy a ir por la tarde a la oficina. Como tenía pevisto, al llegar a casa, bajo a Alcampo a comprar lo necesario, lo más aprisa que puedo. Subo a casa y hago una comida ligera, tratando de no desperdiciar ni un minuto. Cuando por fin salgo, son las 16:30. Un poco justo, pero puede hacerse.
Por suerte, hay muy poco tráfico hasta Lalín, y consigo una buena velocidad media. El tiempo es soleado, con alguna nube; la temperatura, muy agradable. No he traido la carátula del autoradio; mejor, así me concentro más en conducir.
Pasado el Alto del Faro, encuentro toda la carretera arreglada, siendo corredor rápido hasta Monforte de Lemos. Sigue habiendo muy poco tráfico, y hago cómodamente 110-130 km/h. Llego a Quiroga a las 18:30. Ahora tengo que hacer uso de la memoria y la intuición, pues voy a tomar carreteras por las que no paso hace muchos años. A la salida del pueblo sigo la carretera y tomo a continuación la desvación hacia Fisteus y Vilarbacú. El paisaje cambia bruscamente y conduzco por un túnel verde de castaños y abedules. La carretera comienza a subir, y el firme empeora. Los soutos de castaños comienzan a escasear. En los kilómetros siguientes la carretera no me suena de nada, y empiezo a dudar si no me habré equivocado. Es estrecha y sinuosa, y no hay quitamiedos. La caida -si la hubiese- sería de más de 500 mts. Conduzco con cuidado, y no me cruzo ni con un sólo coche.
Por fín, 12 kms. más adelante, llego hasta Cruz de Otero, unas pocas casas en un collado. Ahora sí reconozco lo que veo. Recto, hacia Vilarbacú; a la izquierda, hacia Seara y Soldón. sigo sin dudar esta última dirección.
Aminoro la velocidad, a medida que me aproximo a mi punto de destino. En cuanto la carretera empieza a bajar, miro atentamente el paisaje, intentando hacer casar lo que veo con los retazos que -después de 14 años- pudieran quedar en mi memoria. Entonces lo veo: a la vuelta de esa curva, está el castro. He llegado. El cuentakilómetros marca 175 km. desde Santiago. No creo que mucha gente sepa que esto es un castro. Tengo la vista algo entrenada en estas cosas, y lo identifico fácilmente, pero pasaría inadvertido para cualquiera que no sepa dónde mirar. Hace catorce años, con el buscador de metales, encontré aquí, junto con Carlos, un enorme clavo de hierro muy oxidado que él identificó como medieval. No me imagino qué actividad humana pudo hacer llegar a este recóndito lugar, durante lo siglos oscuros, semejante clavo. Cuesta más imaginar, que aún muchos más siglos atrás, una guarnición militar romana controlaba estratégicamente el enclave, a fin de garantizar el funcionamiento de la industria minera imperial, a base de esclavos indígenas como mano de obra. Ahora, sólo el silencio controla y se enseñorea de este lugar.
A menos de 100 mts., una desviación baja de la escarpada carretera hacia el río que corre por el fondo del valle. Un letrero, "El Mazo" (antes no lo había) revela que el enclave fué en otro tiempo ubicación de una herrería. "El Mazo" hace alusión al dispositivo percutor (martillo) movido por energía hidráulica, que era la base de la factoría.
Doy la vuelta con el coche y regreso al castro, único sitio donde puedo dejarlo sin que esté en medio de la carretera. El coche tiene casi 300.000 km en su haber, y no es imposible que sufra una avería, por muy fiable que sea. Esta idea me inquieta un poco; podría ser complicado salir de aquí en tal circustancia. Hace muchos kilómetros que el móvil no tiene cobertura. Apago el motor y pienso: "Gracias, cochecito mío, por haberme traido hasta aquí". Me sorprendo al instante, pues he escuchado mi propia voz formular esta idea. No lo he pensado; lo he dicho.
Calzo las botas, cojo el bastón y la bolsa, salgo del coche y lo cierro. Son las siete y media. Tengo poco tiempo, pero experimento una euforia salvaje. Catorce años deseando regresar a este lugar. En dos saltos, subo a castro y miro al valle. Es el Caurel profundo, el Caurel desconocido, secreto. Pienso que es tan secreto, que hasta sus pocos habitantes deben ignorar que viven en el Caurel; pues geográficamente la sierra del Caurel propiamente dicha comienza más al norte; pero es el mismo paisaje. Las mismas solitarias y silenciosas montañas. los mismos alegres arroyos que saltan entre frondosa vegetación, por el fondo de los mismos recónditos valles.
Todo está como entonces, hace catorce años. De las imágenes que guardo en el fondo de la memoria, no puedo ver que nada haya cambiado. Ojalá que nunca cambie. Permanece en secreto, Caurel, aislado del tiempo. Que nadie, a ser posible, descubra tus encantos. Que nadie se atreva a abrir pistas para 4x4, ni construir campings, ni casas de turismo rural. Permanece así para siempre.
Bajo por la pista hasta El Mazo. me viene a la memoria cuando la otra vez, con el viejo 1200, tuve que cruzarme en esta pista con una carroceta de pasto que subía. La pista era tan estrecha que los vehículos a durísimas penas pudieron cruzarse. "Pero hombre, -me dijo el paisano, -se toca la bocina antes de bajar, y hubiera esperado". Y yo qué se. Tuve que bajarme para indicarle a Carlos -al volante- hasta qué punto podía girar las ruedas sin caerse monte abajo con coche y todo El coche era mío, pero el miedo lo pasó él. Aquello sí que era para haber hecho una foto. Quedó una ventanilla medio abierta, del lado de la carroceta, y estuve sacando pajas del coche varios días.
Ahora la pista es más ancha y está asfaltada. Veo a la izquierda, en la ladera, construcciones en muro de piedra en forma de círculo. Me contaron una vez que estas construcciones, llamadas albarizas y hoy en desuso, servían para proteger los panales de las abejas de la glotonería de los osos. Hace ya unas dos décadas que el oso se extinguió de Caurel, y en cuanto a la miel, veo a continuación unos panales en un prado junto al río, cerca de las casas del El mazo.
Llego a la aldea, donde un hermoso puente cruza el río de Soldón. Hay un sólo coche aparcado en el único sitio donde cabe un coche. Sale una debilísima columna de humo de la chimenea de una casa. La aldea no está abandonada del todo, al menos. Cruzo el puente, y dejo que mis pies me guien. No me acuerdo del camino, pero mi subconsciente sí se acuerda. He debido soñarlo varias veces, aunque ni siquiera soy capaz de recordar los sueños. Lo que recordamos haber soñado es una mínima parte de lo soñado en realidad. No sé por dónde es, pero no dudo.
El camino desciende siguiendo el curso del río Soldón, que baja alegremene y bastante encajonado. Es un camino muy antiguo; este tipo de pavimento, de piedras planas puestas de canto, hace mucho tiempo que no se emplea.
No viene mucha gente por aquí; al menos, no ahora. La vegetación lo invade bastane, y baja algo de agua por el camino. De trecho en trecho, el camino tiene surcos oblícuos que sacan el agua fuera, y sirve par regar los prados.
Al cabo de un rato, cuando me aproximo al arroyo de Montouto (según la hoja cartográfica), la vegetación se espesa en el camino, y tengo que apartarla con el bastón. Por fin cruzo un pequeño puente de troncos sobre el arroyo Montouto, y efectivamente, delante de mí están las casas abandonadas de la herrería.
Mi corazón late con fuerza. Todo está igual que entonces, sólo que con más vegetación. Ahí, donde esa masa enorme de helechos que me sobrepasan, pusimos la tienda de campaña. Aquí hice una hoguera. Cuántas estrellas ví aquella noche.
La estructura de la herrería está intacta. Ni siquiera la techumbre presenta apenas ni un hueco. Qué bien se hacían las cosas antes. Me pregunto cuántos años llevará abandonada. Sé que el camino sigue río abajo, y lo sigo un rato. Una pequeña aldea creció al amparo de la herrería. Se cuentan cuatro o cinco casitas, estas sí, con la techumbre hundida. Qué inmensa soledad se desprende de un sitio como este. Me imagino poder tener una máquina del tiempo y poder ver este lugar rebobinando hacia atrás, a gran velocidad. ¿Quién sería el último en marcharse? ¿Cuántas generaciones de ferreiros harían funcionar los mazos y los fuelles? Me vino a la cabeza el clavo del castro. El castro se encuentra ahora justo sobre mí, a unos 100 m. de altura por encima de mi posición. De seguro que el clavo salió de esta herrería. ¿Cuanta gente viviría aquí, en su apogeo? ¿Quién sería su fundador? Como respuesta a mis preguntas, la quietud del aire y el silencio, sólo roto por el rumor del río, que baja en cascadas, allá abajo de los muros de las casitas abandonadas.
Sigo un rato por el camino del río, que ahora baja entre soutos de castaños. Enormes troncos me observan, huecos y heridos por el rayo y el fuego, pero llenos de vida aún. Mis ojos se maravillan ante el enorme repertorio de especies vegetales. Conozco los nombres de sólo algunas de ellas (saxífragas, "rañacús", digitalias, helechos de todo tipo, musgos de todas las texturas), pero qué regalo para los sentidos. Cedo a la tentación, y me siento un rato al borde del camino, con ambas manos sujetando el bastón contra el suelo. Me quedo inmóvil y en silencio, y abro todos mis sentidos para que puedan penetrar en mí todas las sensaciones (e impresiones) que el Caurel puede darme. Entonces comprendo que El Caurel es la proyección externa, la imagen sobre la realidad, de un paisaje interior que tapiza mi espíritu. Como bajo los efectos de un alucinógeno, todas las percepciones se multiplicaron en intensidad. Los aromas, ese olor tan a limpio, a puro; los zumbidos de los insectos, el eterno rumor del río, allá abajo, y los colores, ese abanico de increíbles matices que el atardecer arranca al paisaje, y que sólo en El Caurel he visto.
Dejo que el tiempo fluya, y creo que sería capaz de estar así horas y horas, pero tiempo es de lo que no tengo mucho. Emprendo el camino de vuelta.
Al legar al puente de troncos, miro a mi derecha y veo al fondo, lo que parece una devesa. Lo confirmo en la hoja cartográfica: "Dehesa del Ciervo" Me hace sonreir la errónea traducción al castellano de "devesa". Miro en dirección a la devesa, que debe estar a unos dos kilómetros de mi posición. Sus masas arbóreas me tientan hasta el punto de dirigir mis pasos hacia allí, aunque sé que está fuera de mi alcance, al menos por hoy. Me conformo con estudiar la manera de llegar. En efecto, un camino ancho parece seguir fielmente la margen derecha del arroyo Montouto. Consulto de nuevo la hoja, y veo que cerca de la Devesa del ciervo aparece una pequeña aldea, en la curva de nivel de 1.100 mts.; hoy día necesariamente abandonada. No figura el nombre, pero cerca aparece un topónimo curioso: Los Tornos. Es evidente que el camino que sigo es el que llevaba a esta antigua aldea. En el tramo que sigo, tiene poca maleza, y se hace fácilmente. Me pregunto si será fácil llegar hasta la aldea hoy día.
El sol, al esconderse tras las cumbres, me avisa de que no me demore. Con la puesta de sol y la bajada de la temperatura, parece que se renueva el repertorio de aromas y colores que el paisaje me ofrece. El silencio. El impresionante y solemne silencio, sólo roto por el eterno murmullo de las aguas. Durante horas, no he oido ni una voz, ni un ruido de motor, ni un ladrido, ni un mugido. La soledad. La inmensa soledad de estos montes. Encuentro otro puente de troncos que me brinda la posibilidad de pasar a la otra márgen del arroyo, y regresar por distinto camino. Confío en mi orientación, y no me equivoco, saliendo poco después al camino -ya conocido- que me devuelve de nuevo a la aldea de El mazo.
Antes de entrar a la aldea, el camino pasa junto a unos prados en pendiente. La siega debía estar próxima, pues el pasto alcanzaba una buena altura. Salto el murete de piedra junto al camino y me adentro unos pasos en el prado. Hace tiempo que sentía ganas de hacer esto. En efecto, la hierba me llega al hombro. Extiendo los brazos y rozo los extremos de las hierbas con las puntas de los dedos, como si acariciase la superficie de un mar. He visto hacer esto en escenas de al menos dos películas: Bailando con Lobos y Gladiator. Cierro los ojos, y por un momento veo la escena como a través de un pájaro que me sobrevolase: un hombre solo, en un prado, con los brazos extendidos.
Me agacho y aparto las hierbas para observar cerca del suelo. A este nivel hay poca luz solar, pero un mundo de vida bulle. Lombrices, caracoles, saltamontes, y otros mil insectos. La pradera en sí es otro ecosistema, como lo puede ser un bosque, pero a escala reducida. Todo parece hierba igual, pero observando en detalle y cerca del suelo se aprecia una biodiversidad notable. Un mundo en miniatura, oculto. Un microcosmos.
Tengo que irme, muy a mi pesar. Tomo algunas fotos de las casas de la aldea de El mazo, y al atravesarla, me reciben unos insistentes ladridos. El perro parece muy sorprendido de ver alguien ajeno por aquí. Finalmente, cuando ya me alejo, una figura aparece en el umbral de la puerta de una casa, y recrimina al can para que no monte tanto barullo. Me imagino que el hombre se preguntará -al igual que el perro- quién diablos es ese. En estas circustancias procuro llevar colgados al cuello los prismáticos y la cámara; de alguna manera me ubican, me definen. Pararía a hablar con él un rato, pero no parece muy dispuesto a la charla -quizá me equivoco- y ya he dejado la casa algo atrás. saludo con la cabeza, intentando un gesto gentil, y me alejo.
No puedo marcharme sin volverme, a medio camino, para mirar a la incierta luz del ocaso la aldea, la montaña, el río, el valle. ¿Volveré aquí alguna otra vez? ¿Llegaré acaso hasta la Devesa del Ciervo, y las aldeas abandonadas de más arriba? Quién sabe. Sólo deseo que hasta entonces - si ese entonces llega- este Caurel secreto siga durmiendo su tranquilo sueño. Que nada lo perturbe.
Tengo un largo camino hasta Santiago, pero conduzco sin prisa. Llego sin contratiempos, sobre las 12:30 de la noche. Mañana hay que trabajar. =======================================================

OTRAS IMPRESIONES DEL CAUREL

Estoy convencido que El Caurel es un lugar mágico, todo él, y que allí te pueden suceder cosas sorprendentes, inprevistas, maravillosas. En cierta ocasión, cerca de Ferrería Vella, me paré a hablar con un matrimonio mayor, que curiosamente eran catalanes, pero vinculados emocionalmente –como yo- al Caurel. Jubilados y semi-residentes. Charlamos casi media hora, acerca de sitios peculiares y singularidades de la zona, y se sorprencieron de que alguien foráneo como yo conociera tantas cosas de aquella tierra. Entonces me comentó el hombre que alguien había encontrado un escarabajo muy raro en una cueva cerca de Mercurín. Deduje que tenía que ser A Cova das Choias, o A Cova do Eixo. Pero- le dije- ¿Una joya, una especie de amuleto egipcio en forma de escarabajo? No, qué va, un escarabajo de verdad, un animal. Lo sacaron de la cueva y estuvieron estudiándolo, un bicho muy raro.
A mí lo que me pareció muy rara era la historia, y pensé que sería fruto de la fantasía del hombre. pero al día siguente, buscando en Goggle “coleoptero mercurin” o “coleoptero caurel”, va y aparece el escarabajo. Salió una hoja de entomólogos alemanes, donde se relacionaban avistamientos singulares de toda Europa, y allí, había una reseña a un hallazgo en Mercurín, Caurel, España. Venía el nombre en latín, y hasta una foto del bicho. Al parecer, se creía extinto, o algo así. Increíble.

Recuerdo mi primera acampada que hicimos en El Caurel. Nos habíamos tropezado con un paisano que parecía sacado de una novela. Era como el tonto del pueblo, o algo así, y hablaba algo que podría haber sido gallego del interior. Nos describía la manera de llegar hasta las fuentes de Aguas Blancas y Aguas Rubias. Yo no entendía nada, pero decía que sí a todo, por si acaso. Pero lo que hablaba aquel tipo... Lástima no tener una grabadora a mano, porque creo que algún paleolinguista se hubiera quedado pasmado de oir aquello. Desde luego, gallego no era. Yo creo que no era ni latín. Debía ser anterior. En todo caso, era una lengua muerta. ¿De qué extraña falla espacio-temporal salió aquel tipo? ¿Qué demonios hablaba? Cosas así sólo pasan en El Caurel.
Guardo recuerdos de El Caurel que me durarán el resto de mi vida, pero ¿Me recordará El Caurel a mí? ¿Formarán las nubes sobre el Formigueiros una figura que recuerde mi perfil, o esbozarán las volutas de agua del río Selmo, el dibujo de la funda de mi cuchillo?